La huayligía tiene un carácter
mágico-religioso, como da a conocer el escritor Edgardo Rivera Martínez, quien,
en su libro “País de Jauja”, relata que antiguamente en Jauja fue una
manifestación festiva que se celebraba el nacimiento cristiano y en honor a la resurrección
de los “amarus” (blanco y negro). Esos animales alados con cola de serpiente y
cabeza de dragón, que representan a la sabiduría y al conocimiento, y que en
diciembre, hacen florecer a la “sulluwayta”. La flor del rocío y de la nieve, y
quien la encuentre, será feliz y hará feliz a su pueblo.
“…Se aproxima ya el conjunto de las
danzantes. Se escucha el sonido de los pincullos y de las quenas, y el compás
marcado por las sonajas de latón del pastor que escolta a las pallas, y por las
azucenas que portan las muchachas, como arbolillos de luz y de colores. Te
inclinas, con las manos asidas a la baranda, y todo tu ser se absorbe en esa
música. Transcurren los minutos. Están ya muy cerca, y en efecto no tardan en
pasar por la esquina los grupos de chiquillos que van por delante, y el pastor,
luego, con la máscara que apenas si puedes adivinar a la distancia. Las
jóvenes, en fin, en dos columnas, todas con los cabellos sueltos. Sus azucenas
como ramos sonorosos. Vienen luego los tocadores de pincullos, y el hombre de
la tinya, los acompañantes. Cortejo que acaso tampoco celebra el Nacimiento
cristiano, sino algo muy diferente. El despertar, quizá, del amaru blanco y del
amaru negro, las sierpes aladas que vuelven de su sueño de siglos y emergen en
pos de la flor del rocío y de la nieve, la sullawayta. Tal es, quizás, el
acontecimiento que sin saberlo celebran las muchachas. Se van, en fin, por la calle
que conduce a la plaza, y es como si tú también te hubieras sumado al conjunto.
Desde el balcón, inmóvil, miras la calle apenas iluminada. Danzas también, en
cierta manera, y en tu embriaguez se mezclan alegría, temor, angustia. Tú
también festejas la periódica resurrección de los amarus, que algún día se
convertirán para siempre en lluvia, en luz, en arco iris. Sigues ahí, feliz y
como abrasado por la antorcha danzante y cantora que se aleja. Se van, y no
tarda en callar la música, a lo lejos, pues llegan al templo. Continúa la brisa
intermitente. De rato en rato cruzan el cielo esos resplandores. Sigues ahí,
como si te replegaras otra vez en ti mismo, en ese ardor que se expande en ti,
muy dentro de ti, como que tiene sus raíces en tus sueños y terrores más
antiguos, y, aún más allá, en los orígenes del mundo. En esa hondura del tiempo
y de la noche…”
País de Jauja - Edgardo Rivera Martínez
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