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Jauja, donde pagan a los hombres por dormir, fustigan a los hombres que insisten en trabajar, los árboles son de tocino y sus hojas de pan de fino. Las calles están adoquinadas con yemas de huevo y lonjas de tocino, asadas y fritas...
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22 de junio de 2018

Las fogatas en la noche de San Juan en Jauja


Era la víspera de San Juan y toda mi familia se había preparado para quemar nuestro muñeco de paja y demás ropas viejas que no servían. Era de noche y hacia frío, mucho frío, pero lo combatíamos con los ajetreos de los preparativos para el festejo. Porque era toda una tradición que las familias jaujinas hicieran sus fogatas en la calle, frente a sus casas.

Mi mamá me dijo que me abrigara, que hacía mucho frío, pero no le hice caso. En eso, mi papá aprovecho para decirme que este frío no era nada, que antes si hacía mucho frío, que caía helada y malograba todo el sembrío.
- ¿Tú sabes porqué hacemos fuego esta noche? –me pregunto mi papá.
- No -le respondí.
- Es una tradición antigua –empezó a contarme- Una vez, San Juan había hecho una apuesta con el sol y le dijo: Si yo me despierto primero, te quemo; y San Juan le respondió: Si yo me despierto primero, te hielo. Dice que San Juan se había despertado primero y cuando el sol se despertó, ya San Juan le había helado todo los campos y el sol ya no pudo quemarlo. Por eso, cada que viene el 24 de junio todos queman en representación del sol, para que no hiele los sembríos, como el trigo, la cebada. Porque todavía recién están en leche y por madurar.

Yo me quedé en silencio y sorprendido por su relato, él me dio una palmada y volvió a decir:
- Ahora si abrígate, no vaya ser que San Juan también te congele.

Dio media vuelta y se marchó dejándome parado y pensativo hasta que nuevamente los gritos de mamá me volvió en sí. Debíamos sacar el muñeco de paja a la calle y prender nuestra fogata.

Afuera, ya había otras fogatas de los vecinos que las rodeaban y saltaban para darse calor, algunos hasta con su propia música y unos “calientitos” para el frío. Prendimos la nuestra y empezamos a quemar el muñeco y las cosas viejas que ya no servía en casa y que se podían quemar. Nos animamos a saltar la fogata y a escribir los deseos que nos solicitaban. Los deseos se escribían en una pequeña hoja de papel y se devolvía doblado para que no sea leído por nadie que no sea a quien se escribía el deseo. Luego tenían que leer sus deseos: “Te deseo que…”, y después arrojar el papelito al fuego para quede en secreto con la esperanza que se cumpla. Pero siempre los amigos preguntaban que te desearon.

Más tarde, nos encontrábamos con los amigos y recorríamos por todas las calles de Jauja, saltando las fogatas y confraternizando con las demás amistades y haciendo un “caypincruz” en la fogata más alegre y concurrida. Saltábamos desafiando las llamas del fuego. Quien no tuvo algún percance al momento de saltar, un tropiezo o un mal salto, quedábamos casi en medio del fuego y salíamos corriendo algo chamuscado el cabello, las pestañas, los zapatos, hasta la ropa. También hacíamos bromas lanzando cohetecillos y explotaban cuando alguien saltaba el fuego. Era una tradición de mucha alegría y derroche de energía la noche de San Juan. Incluso se organizaban actividades como las “Gran Fogata Show”, en el patio de uno de los colegios tradicionales de Jauja y amenizado por uno de los grupos musicales de esos tiempos.

Se podría decir que casi todas las calles de Jauja ardían por las diversas fogatas que las familias prendían. Hasta parte de los cerros se encendían, combatiendo, como dijo mi papá, a la helada, producto del solsticio de invierno y así, Jauja amanecía.

Hermosa tradición de la fiesta de San Juan de nuestros antepasados, como siempre, sabios. Pero con el pasar del tiempo, muchas tradiciones se dejaron de practicar y ahora solo queda en el recuerdo y memoria de algunos de nosotros.

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18 de abril de 2018

El barquito de papel



“Soy hombre de lluvia. Porque de niño jugaba bajo la lluvia y ahora de grande, bailo y canto bajo la lluvia…”

Recuerdo que el año pasado regresé a Jauja aún en tiempo de lluvia, para despedirme de los carnavales. Ya la gente parecía más tranquila, esperando con devoción la Semana Santa y a Taita Cáceres. Pero yo, aún tenía que cumplir una invitación de un buen amigo, que era padrino de cortamonte en el distrito de Yauyos.

Un día antes del cortamonte salí de casa para pasear y mezclarme con la vida cotidiana de Jauja, camine por algunos lugares que parecían estar detenidos en el tiempo y que aún mantienen sus encantos y su magia de ciudad antigua. Preferí caminar y no subir a una “mototaxi” porque recordé que antes no había esos vehículos. La gente se trasladaba a pie o en bicicleta de un lugar a otro y Jauja era más tranquila, sin mucho tráfico, sin mucho bullicio. Además, comprendo que caminar es sentir y es estar más en contacto con nuestra tierra. Es sentir más a Jauja.

Camine por las callecitas, recordando buenos tiempos de infancia y pubertad. Cuando mi mundo era de juegos, de alegrías y de algunos inocentes amoríos. Cada paso que daba despertaba mis recuerdos y a veces cerraba los ojos para retroceder en el tiempo y encontrarme con esa escena vivida. Todo dependía del lugar en que me encontraba.

Como era época de invierno, la tarde soleada y colorida cambió a un color gris de un momento a otro y empezó a llover. Quise correr a guarecerme, pero recordé que en mi infancia muchas veces jugué bajo la lluvia, sin importar del frio. Recordé que también muchas veces salía al campo a pasear con un amor de ese entonces y algunas veces nos sorprendía la lluvia. Nos protegíamos del aguacero entre eucaliptos y chaguales, y era momento propicio para entregarnos a ese sentimiento puro e inocente de nuestro cariño, combinado con aroma a tierra mojada y aromas de amor. Algunas veces, cuando no pasaba la lluvia decidíamos regresar a la ciudad caminando de tramo en tramo, desafiando a la naturaleza. Nos mojábamos íntegramente, pero en cada tramo que nos parábamos para descansar, nos abrazábamos, nos mirábamos en silencio, solo se escuchaba el ritmo de la lluvia y de nuestros corazones. Yo le limpiaba su rostro mojado, ella también y nos besábamos. Como para darnos calor, o algo más, quien sabe, solo nosotros lo sentíamos. Quizá ahora solo los dos lo recordamos.

De regreso a mi realidad, decidí seguir caminando bajo la lluvia sintiendo cada vez más fuerte las gotas de agua. Yo llevaba puesto una buena casaca de cuero que me protegía de la lluvia, mi pantalón “jean” también se acomodaba a tal adversidad y para completar, calzaba como siempre, mis botas texanas que me permitía caminar con comodidad sin temer a los charcos que se formaban.

Por donde caminaba, muchas personas, que se protegían de la lluvia en las puertas de las casonas, en las tiendas o en un lugar donde se mantenían secos, me miraban con asombro como caminaba bajo el aguacero, sin importar como me mojaba. No comprendían que no solo quería recordar, sino sentir como en mi niñez jugaba bajo la lluvia. Solo tenía cuidado que mi madre no me viera, porque de seguro no entendería por qué caminaba bajo la lluvia y se molestaría. A pesar que los años han pasado, ella no deja de ser la madre y yo un hijo. Siempre una madre se preocupa por su hijo.

Caminé por mucho tiempo por las calles desoladas por culpa de la lluvia. Sin importar que mis cabellos empezaran a perder su rigidez y ceder ante la lluvia, emanando hilos de agua por mi rostro. De vez en cuando sacudía mi cabeza y pasaba mi mano por mi rostro para secarme.

La lluvia era cada vez más fuerte y por ambos lados de la calle se formaban riachuelos en los drenajes, buscando su curso habitual. Tal paisaje me trajo a la memoria cuando jugaba con mis amigos a la carrera de barquitos de papel. Cuando la lluvia era intensa, preparábamos los barquitos con las hojas de nuestros cuadernos o de un periódico pasado. Tratábamos que sean resistentes a las corrientes de agua, porque eso era garantía que nuestros barquitos soportarían las fuerzas del agua. Salíamos a la calle y desde la esquina de los jirones Bolívar y Bolognesi, cada amigo con su barquito, iniciábamos la carrera. Desde el punto de partida, íbamos corriendo detrás de ellos, alentándolos para que estén en el primer lugar. No se permitía levantar el barco y colocarlo más adelante, salvo cuando se atascaba entre los residuos o basura que la lluvia arrastraba a su paso, se podía sacarlo del atolladero.

Así seguíamos calle abajo sin importar en mojarnos. Ninguno de nosotros llevaba ropa seca, menos limpia, Nuestras caras y manos no sentían frio, pero si lo teníamos cuarteados, producto del frio. Muchas veces nos arrodillábamos para sacar o salvar a nuestros barquitos y siempre nuestros zapatos o zapatillas lo teníamos mojados junto con el bota píe de nuestros pantalones.

En esa época no teníamos videojuegos ni computadoras en casa. Para quedarnos como es ahora, sin salir de casa, sentados, mirando la pantalla y jugando “on Line” con otros amigos que a veces ni los conocemos.

Así no era nuestras vidas, éramos más niños de la calle. Porque muchos juegos se realizaban en los patios de las casas y en las calles. Habían juegos como las Escondidas (Ampay me salvo con todos mis amigos o plancha quemada, plancha quemada), la Chapada (Tú la llevas), los Quinchos (con las bolas lecherongas), el Lobo (Juguemos en el bosque mientras que el lobo no está, ¿lobo estas?), el Trompo (con la punta sedita), la Mata gente, los Siete pecados, la Bata, Salta soga, San Miguel, Kiwi, Mundo, la Cometa, la Gallinita ciega, Mundo, etc. En el patio o en la calle, todo espacio se aprovechaba para jugar.

Todos estos juegos eran sanos y ejercitantes, nos llenaba de alegría, emociones y cultivábamos amistades e interactuábamos socialmente para toda la vida con los amigos de la cuadra. Muchas veces nos quedábamos hasta muy noche, haciendo bulla mientras algunos de nuestros padres ya dormían. Terminábamos solo cuando uno de ellos salía y de un grito nos llamaban, dejábamos el grupo para ir corriendo a casa. Así terminaban nuestros días de juego. Al día siguiente, empezaría un nuevo capítulo.

Seguí caminando, recordando la carrera de barquitos y que en tres o cuatro cuadras los barquitos ya empezaban a mojarse por completo y a debilitarse. De a poco, se iban desarmando sin que nosotros pudiéramos hacer algo para evitar que naufraguen y solo queden como papel mojado. En esta carrera casi no había una meta, ganaba el barquito que más resistía.

A veces jugábamos con los palitos de chupetes o de fósforos, pero los barquitos de papel eran más interesantes y emocionantes.

Yo sigo caminando y pienso que por acá uno de nosotros ya habría ganado, me detengo, doy media vuelta y regreso por los mismos caminos de esos años de infancia. A veces con la alegría de haber ganado la carrera o a veces de haber perdido, pero con ganas de volver a empezar nuevamente el juego. En esos tiempos regresábamos corriendo, ahora regreso sin prisa y sin haber ganado ninguna competencia. Solo regreso con los recuerdos de mis barquitos de papel y con una sonrisa nostálgica.

Siempre en mis recuerdos estarán esos juegos de infancia y entre esos juegos, los recuerdos de mis amigos que compartimos los primeros años de nuestras vidas. Aprendiendo a convivir juntos, creciendo con las bromas que nos hacíamos, con nuestras peleas, con nuestras disculpas. Pero siempre aprendiendo a ser amigos cada vez más.

Ahora el tiempo se encargó de separarnos. Con algunos amigos aún nos encontramos y seguimos cultivando nuestra amistad, con otros no. Pero igual, aprendimos a vivir distantes, manteniendo nuestras amistades y manteniendo nuestros recuerdos.

El temporal acabó junto con mis recuerdos y mi caminata. Yo me arreglo la ropa y trato de sacudirme para botar la lluvia que llevo encima. Algunas personas me siguen mirando. Pero igual, no me incomoda porque sé que no comprenden lo que siento y por qué estoy mojado. Termino de arreglarme y me voy en busca de algún amigo que aún pueda encontrar en Jauja. Para darle un fuerte abrazo, para compartir nuestros recuerdos y crear nuevos episodios en nuestras vidas, que algún día solo serán recuerdos.

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20 de enero de 2018

Requiem a una Wanka

Por: Macko Leiva
Porque partiste primero,
Porque recuerdos te tengo,
Porque siempre te recordamos,
En cada paso de los tunantes,
En cada traída y cortamontes...

Era de una contextura gruesa y de un color cobrizo, como de aquellas personas que pintan su piel por el duro friaje de la puna. Tenía una mirada tranquila y una sonrisa cándida que desdibujaba su aspecto rudo y su caminar pausado y pesado. Amante de nuestro folclore, juntos trajinamos muchos pueblos descubriendo nuevas costumbres, pero también, cuantos pueblos nos conquistaron con sus costumbres. Era una enciclopedia abierta de las fechas de celebraciones en el valle de Jauja, si uno quería saber dónde había fiesta, acudíamos a él y nos despejaba de la duda. Cultor especial de las festividades del 20 de enero, esperaba con ansias cada año para bailar y disfrutar de la tunantada como si fuera la última vez. Como si sabría que en unos años más, bailaría en los corazones y recuerdos de cada uno de nosotros, con sus amigos que compartió su alegría, con muchos amigos.

Con tanta corpulencia era difícil aceptar que le gustaba bailar de Wanka. La tunantada es de hombres, decía. Personaje que asumía cuando se ponía la careta de malla fina y su nombre de mofa cambiaba a “Carmín”, pero para la mayoría de nosotros, quienes le conocimos, era como un “Tesoro”, porque acostumbraba a vestir lujosamente. Siempre llevaba una pechera de vicuña con monedas de plata pura, prendedores y alhajas de oro. Por su vestimenta fina y costosa teníamos que “cuidarla” que no le roben mientras bailaba, a veces uno de mis amigos bailaba de Chuto, pero siempre al lado de la wanka y los demás como espectadores mezclados entre el público como guardaespaldas. Así parecíamos “jatipacos” siguiendo por el alrededor de la plaza a la institución tunantera donde bailaba, cuidando su espalda y en cada “caipincruz” (descanso) éramos agasajados con cervezas para aplacar esa ávida sed propia de nuestra juventud.

Si nos perdíamos por algún motivo, nuestro punto de encuentro era el toldo de la “Gata”, quien gozaba de nuestra confianza y nos daba crédito ilimitado en cervezas, pero solo para los amigos íntimos y gracias al aval de la wanka, porque en esa fecha aparecían muchos “hueleguisos” (quienes no son invitados) ansiosos de beber gratis y en grandes cantidades. Siempre pedíamos una caja de cerveza y “Carmín” sentado junto a la “Pajita” (otra cutuncha) ocultaban todas las cervezas dentro de sus fustanes y teníamos solo una botella circulando entre nosotros a fin de espantar a los “fiestas pacuj” (los que buscan fiestas). Nos entregábamos a las tonadas de las melodías tunanteras, a la picardía de los chutos, a la elegancia y encanto de las jaujinas, al sonido de las espuelas de los recios arrieros, a la nobleza y clase dominante de las cutunchas, al señorío que expresa los chapetones, al baile refinado y elegante de los huatrilas, a la parodia de María Pichana y su viejo Pedro Chochoca, y de los demás personajes que danzaban delante de nuestro toldo y que nos hacían sentir la magia cultural de nuestra tunantada en su máxima expresión. Con alegría, con sentimiento, con lágrimas y con amigos de aquellos tiempos, amigos que compartimos grandes tertulias y aventuras tunanteras, conversaciones y anécdotas que solo terminaban cuando la noche avanzaba y teníamos que dejar la plaza de Yauyos en busca de reposo para retomar fuerzas para el día siguiente.

Un día, ya de noche, a punto de retirarnos, la wanka, el chuto y yo decidimos comer un Picante de cuy. La wanka nos llevó en su casera quien nos recibió amablemente, era en uno de esos toldos que se instalan en las calles que dan acceso a la plaza. Nos sentamos en una banca, con la wanka al medio de nosotros y dando las espaldas a la calle por donde transitaban muchas personas. Cada quien con su plato, empezamos a disgustar sin mediar palabras y concentrados en nuestro paladar, casi a mitad del potaje, el chuto agarra la pata del cuy y da un mordisco a su presa, pero al no lograr arrancar un pedazo, empieza a jalar la pata sin soltar su presa, pero la piel del cuy era tan flexible que no cedía y se estiraba más hasta que se rompió; el chuto se quedó con la pata en su mano y gran parte de la piel regreso a la presa que aún tenía mordida, estrellándose en su cara. Tanto fue el impacto que el chuto se fue de espalda y con ello también nos llevó a nosotros hacia atrás. El peso de la wanka y el mío, trató de equilibrar la fuerza contraria que hacia el chuto, pero sentados teníamos una posición inestable y el impulso del chuto fue superior a nuestra fuerza. Despacio, como en cámara lenta nos fuimos hacia atrás sin poder hacer nada, solo atinamos a sostener nuestros platos y poco a poco caímos de espaldas al suelo con los pies arribas y con los restos de cuy encima nuestro.

Las personas que estaban comiendo en los toldos vecinos y las que pasaban por esa calle se ganaron con el espectáculo, dieron rienda suelta a su alegría con risas, carcajadas y burlas, especialmente por la wanka que yacía en el suelo de espalda con las piernas arriba. Yo que no llevaba vestimenta alguna, me sobrepuse rápidamente, ayude al chuto a ponerse de pie y luego los dos y con mucho esfuerzo levantamos a la wanka. Tratamos de limpiarnos, pero nuestras espaldas y parte de nuestros cuerpos estaban empapados y llenas de barro por la lluvia que dejaban las calles mojadas y con barro.

Ante tanta burla y risas de las personas, solo optamos por acomodar nuestras ropas y limpiarnos lo que se podía. Nos abrazamos, siempre con la wanka al medio, decidimos marcharnos del lugar, dejando atrás la alegría en las personas y nosotros llevándonos nuestra vergüenza disimulada diciéndonos en voz baja: “ama cusuychu, ama cusuychu” (no hagas caso, no hagas caso), y poco a poco desaparecimos en medio de la penumbra de la noche.

Tres amigos: una wanka, un chuto y un espectador, personajes propios de la tunantada. Aunque ahora la wanka baila en una plaza infinito del cielo, porque una “traída de monte” le arrebató la vida mientras Jauja festejaba con alegría los carnavales. En ese momento, su partida ensombreció nuestras vidas por un tiempo, porque ya no había el amigo conocedor de las tradiciones y que siempre nos incitaba a ir a las fiestas de los pueblos. Pero después comprendimos que la muerte solo es ausencia física más no espiritual. Por eso, ahora, aunque no está presente, siempre me gusta ir o bailar en los pueblos y este, y cada 20 enero, cuando mi corazón palpita al ritmo de los acordes de los huaynos y al bailar de los tunanteros, en ese momento le recuerdo con sentimiento y con lágrimas en mis ojos a esa wanka, a ese gran amigo que siempre estará conmigo en la plaza de Yauyos, como todos los demás tunanteros que tomaron la delantera y que ahora danzan con nosotros en una cuadrilla especial, la gran Institución Celestial de la Tunantada…

¡Pucacha, upiacushun, llushpipa llushpipa, eterno amigo! (Pucacha, tomemos, cepillado cepillado, eterno amigo).

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10 de enero de 2018

Navidad es mucho más en Jauja

Es hermoso recordar, con un poco de tristeza pero también con mucha alegría, aquella noche del 22 de diciembre que viajaba a Jauja con muchas ilusiones y compromisos que cumplir. Y así fue al día siguiente, con los amigos: Daniela, Fio, Gustavo, Chemita, Ramiro y Ketty (nuestra hada madrina) nos fuimos a Santo Domingo de Cachi Cachi para compartir y robar sonrisas a los niños de ese alejado poblado. Cumpliendo un año más con nuestro compromiso de Navidad, de entregar los regalos y la chocolatada con sus panetoncitos a todos los niños.

La reunión con la población junto con el presidente de la comunidad, señor Juan Raun, fue lleno de sentimiento, alegría y comentarios. Que hasta se animó a contarnos la historia de Cachi Cachi:

“Por la ubicación, estamos a unos 4,000 metros sobre el nivel del mar, pertenecemos al distrito de Pomacancha y estamos cerca a Tarma y La Oroya. Antiguamente este poblado tenía el nombre de Raupe, que era un lugar de producción que los antiguos hacendados lo llamaban así y que después de la reforma agraria tomaría el nombre de Cachi Cachi.

Cachi Cachi es una zona ganadera que llego a administrar la SAIS Ramón Castilla y que tenían ganado de buena raza, que luego fue destruido por los terroristas. Después de terminado el terrorismo, el estado peruano, a través de una resolución, nos da a la comunidad el nombre de Santo Domingo de Cachi Cachi, en honor a nuestro santo Patrón Santo Domingo.

Se denomina Cachi Cachi por las piedras y arenas blancas que son como la “sal” y que se encuentran a la entrada y alrededores del centro poblado. Por ese motivo se le llama Cachi, que es una palabra quechua que significa “sal”. Además el poblado es conocido como un centro ganadero que actualmente es reconocido por la calidad de su carne, que es muy agradable y que le da un sabor y aroma especial cuando se preparan los caldos, y no necesita echar mucha sal. Por esa razón, la carne de Cachi Cachi es muy cotizado en los mercados, incluso en los mejores restaurantes de Lima.

Santo Domingo de Cachi Cachi aún sigue siendo un pueblito escondido y alejado, pero que sigue sonando por su origen ganadero...”

Y así, terminamos nuestra acción navideña y antes de partir nos sorprendieron con un delicioso almuerzo. Después nos despedimos con la promesa de volver no solo para la próxima navidad, sino también para su fiesta patronal y su aniversario de creación política.

Ya en Jauja, antes que llegue la noche, fuimos al cementerio para acompañar a nuestra amiga y tratar de amenguar su dolor por el año de partida de su hermano menor. Entre grupos de amigos y demás personas, fue grato encontrarme con Monthy, un familiar que aprecio mucho, pero que no nos vemos seguido, será por eso que el abrazo fue muy afectuoso. Y así pasó la noche.

Día 24, amanece en Jauja, el cielo gris amenaza llover, pero tal parece que hay un acuerdo con el niño Jesús para que no llueva y nos deje danzar en su honor sin contratiempos.

Y así fue, ya en la tarde se empieza a escuchar las primeras notas de los pinkullos y de la orquesta afinando las melodías de la Huayligía. El recibimiento y concentración fue en tres lugares; Huaripampa, en La Samaritana; Parco, en La Libertad y nosotros, en Huakllas. Iniciamos el pasacalle y el encuentro de las tres delegaciones fue en la Plaza de Jauja. Para luego, realizar el pasacalle general por las principales calles de Jauja e ingresar a la Iglesia para entregar el niño Jesús al padre que oficiaba la Misa de Gallo.

Es emocionante ver que cada año traemos al presente los recuerdos de antaño de personas que escucharon o vivieron esta hermosa festividad de adoración al niño Jesús. Cada uno de nosotros se llevó ese pedacito de emoción a sus hogares para seguir festejando la navidad en familia. Cada año estamos comprometidos y seguro que será con más devoción y grandeza. Gracias a la Municipalidad de Jauja, al alcalde y a nuestra hada madrina. Gracias Ángela, Nilton y Juanka por sus brindis y colaboración.

El día 26 también fue lleno de emociones al devolver la visita a Huaripampa y compartir con la tradición de su Huayligía. Con reconocimientos, compromisos y abrazos nos confraternizamos para seguir cultivando con más fervor para el próximo año. Gracias amigos de Huaripampa.

Día 27 fue para compartir con nuestros amigos de Muquiyauyo, quienes tuvimos el gusto de confraternizar con la institución de negritos y con la familia de una gran amiga. Sin planear, y muchas veces es mejor, conocimos, les brindamos y confraternizamos con los bailantes de Huayligía, quienes danzaran con nosotros el próximo año en Jauja. Luego, lástima que no disfrutamos del cantar y belleza de nuestra querida Karencita Ríques, pero sí de los amigos de Renacer de Jauja; como bien dicen, hasta el amanecer. Gracias Muquiyauyo. Gracias a ti, que te vi esa noche y que en persona eres más hermosa y nuevamente, felicitaciones por las gestiones que realizas en favor de tu pueblo.

El día 28 fue diferente que los anteriores, porque danzamos el Chacranegro en Acolla y lo hacemos ya hace varios años. Porque es una fuerte expresión dancística por su característica del vestuario, sus movimientos y la sonoridad de la banda de música. Gracias Rómulo Pizarro por acogernos todos los años.

Dos días de guarda y de meditación, previas al 31 para recibir el año nuevo. Y que mejor llegado ese día, primero disfrutar con la familia, abrazarnos a las 12 de la noche y con un brindis, renovar nuestro compromiso familiar. Y luego con los mejores amigos para también renovar esa amistad de muchos años que llevamos y demostrarnos el cariño que ya nos sentimos. Y porque no, si hay un nuevo cariño por sentir, bienvenido serás. Así recibimos el año nuevo con mucha alegría, así recibimos el día del nuevo año y así la seguimos por más horas. Ahora quedan muchas anécdotas que ya nos estaremos contando.

Aún no termina el día 1 de enero, porque en la tarde estuvimos en Yauli, para disfrutar de otra expresión festiva sin igual, como es el Auquish Cumu, aunque nuestro corazón late mucho mas y nos falta el oxígeno al bailar alrededor de su placita, siempre estaremos acompañando y disfrutando su festividad. Siempre recordando y haciendo honor a “Los Caballeros del Huacapincho”. Gracias Ricardo Lazo por tu gran hospitalidad.

Ahora sí, para terminar, el día 2 estuvimos en Paca por dos motivos; el primero, para celebrar con tunantada (como debe ser) y con Huayligía el cumpleaños de mi hermana y el segundo, el compromiso de visitar a nuestra amiga Josselyn para acompañarla en sus “ofrezos”, ya que ella siempre nos acompaña en nuestra Huayligía en Jauja.

Y así fue, así sucedió, parece largo lo vivido, pero en realidad fueron cortos esos días, porque lo vivimos con alegría que todo sucede rápido. Decíamos falta un año, ahora ya paso. Ahora decimos falta otro año para la navidad del 2018, pero pronto llegara. Ahora a trabajar para nuestro próximo aniversario en el mes de julio.

Día 3, hasta que llegó el momento de partir de Jauja, en silencio, sin despedidas ni abrazos. A veces es mejor así, porque no se siente mucho el dolor de la partida. Así me fui, cargando muchos recuerdos y con los ojos a punto de llorar por la felicidad y por la tristeza de todo lo vivido. A veces pensando en ti, con la mirada perdida en el infinito pero con tu rostro atrapado en mi mente.

Otrosí, el día 3, no estuve presente en Parco, pero si los demás amigos que también cumplieron en confraternizar y participar en el festival de la Huayligía. Chema y Lalo son los encargados de narrar lo acontecido ese día. Estoy seguro que disfrutaron mucho de su fiesta. A mí no me queda más que agradecer a nuestros amigos de Parco. En otra oportunidad estaré con ustedes.

Y vuelvo a decir, así fue, así sucedió y gracias a todos ustedes que hicieron posible que escriba estas líneas. Muchas gracias.

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27 de septiembre de 2017

En un pedacito de cielo conocí a Mamallanchic Rosario

Era una mañana de invierno en Jauja, amaneció con el cielo nublado y el paisaje mojado por la lluvia de toda la noche. Yo, daba vueltas en la cama tratando de ganarle al desgano que tenía para levantarme, estaba bien abrigado y me daba pereza salir de la cama y encontrarme con el frío. Mire el reloj y al ver la hora se me fue todo el desgano y salté de la cama venciendo la flojera. Tenía que estar a las diez de la mañana en la Municipalidad de Molinos. Salí rápido del hotel y caminé por el jirón Grau rumbo al mercado, crucé la Plaza de Armas observando la iglesia y la municipalidad. Hace dos días había comido una rica “patasca” y quería volver a probarlo. Mientras desayunaba, pensaba como haría mi trabajo de instalar los equipos de telecomunicación. Había llegado hace tres días a Jauja y esta vez me había quedado en un hotel porque me acompañaba un compañero de trabajo. Con los días de estadía, mi amigo estaba encantado con el paisaje, con la comida, con las calles angostas, trazadas en forma ordenada y simétrica.

De regreso al hotel, mi compañero Benítez me esperaba despierto, pero aún en cama. Le dije:
-Me llamaron al cel y tengo que ir a la muni de Molinos para hacer un estudio de campo. Si deseas te quedas porque solo será para levantar información técnica.
-No, prefiero acompañarte y de paso conozco algo más de sus hermosos paisajes –me contestó Benítez.

Salimos del hotel y subimos a una mototaxi rumbo a la Alameda para tomar un colectivo a Molinos. Era la primera vez que Benítez viajaba por ese lugar y disfruto de las bellas campiñas de Huertas, la colina de Puyhuán y Molinos. Al llegar, nos dirigimos a la municipalidad, pero estaba cerrado. Caminamos por la pequeña plaza y entramos a una bodega para preguntar por el alcalde. Nos atendió una hermosa joven de ojos grandes que llamó mi atención, pensé que no solo los paisajes de Jauja son hermosos, sino también las mujeres jaujinas.
-El señor alcalde estuvo temprano por acá –nos dijo la mujer.
-¿Dónde es su casa? -pregunté.
La mujer salió a la calle y nos indicó la casa, y fuimos a buscarlo. El alcalde nos hizo ingresar a su casa y nos explicó que un señor Isidro nos atendería, porque él tenía que irse a la chacra.

Regresamos con él a la municipalidad pero aún estaba cerrado
-“Chiuchi”, ven –ordenó el alcalde a un niño que jugaba- corre a la chacra y avisa a don Isidro para que venga o envíe las llaves. Luego el alcalde se despidió de nosotros.
En unos minutos llego el señor Isidro y nos presentamos.
-Estarán sin comer, ya será la hora del almuerzo. Mejor les llevaré a donde puedan prepararles algo de comer –dijo Isidro.
Nos invitó a pasar a una tienda y mientras preparaba la comida, ordenó dos cervezas.
-Voy a invitarles unas cervecitas en gratitud de estar en mi tierra mientras esperamos que preparen su almuerzo. Será mejor que trabajen después de almorzar.

Bebimos las cervezas y almorzamos una sopa preparado a base de carne picado en trozos pequeños, fideos tipo corbatita, orégano y leche. Acompañaba en la mesa una fuente con papas “huayro” sancochadas, un pote de ají de rocoto con queso, preparado en un batán. Al final del almuerzo, Isidro nos invitó una copita de Crema de Muña, nos dijo que era para una buena digestión. Quedamos satisfechos con el almuerzo y encandilados de la forma como se vive y se come en Jauja. Por algo le dicen “Jauja”, le comente a Benítez mientras caminábamos a la municipalidad.

Subimos al techo y nos ubicamos al costado de la torre de treinta metros de altura para obtener la ubicación del local con un GPS, tenía que enlazar desde este lugar una señal de Internet en forma inalámbrica a una escuela que se encontraba a siete kilómetros de distancia. Al finalizar solicitamos que nos proporcione una movilidad para ir a la escuela y realizar el mismo proceso de medición. Consiguieron a Melquíades que tenía una motocicleta para ir al lugar.

Llegamos a las cinco y media de la tarde, quise apresurarme, pero encontramos cerrado la escuela, pensé que perdería tiempo si buscáramos al portero, empecé a medir con cálculos aproximados por el perímetro. Cuando termine, fui en busca de Melquíades para regresar a Molinos, pero él se disculpó y me dijo que no regresaría, al contrario, tenía que viajar a la altura, nos indicó donde era el paradero y nos fuimos a la carretera.

Pasaba el tiempo y empezaba a oscurecer, nos preocupamos y regresamos donde Melquíades para encontrar alguna solución. Nos dijo que solo podría llevarnos hasta cierto lugar donde si encontraríamos alguna movilidad que viene de Quero o de la altura.

Melquíades nos dejó en el cruce con la carretera principal. A lo lejos había unas viviendas precarias.
-Por acá pasan carros que bajan de la altura, esperen nomás. Mucho gusto en conocerles, me voy rapidito porque si no me agarra la noche.

Se despidió y se perdió por el camino, entre el polvo que levantaba la motocicleta y la oscuridad que cada vez se hacía más denso.

Dejamos los equipajes y nos sentamos en un tronco de árbol que yacía a un costado de la carretera. Benítez se puso sus guantes y se abrigó con su casaca. Yo llevaba una casaca térmica y no sentía mucho frío, mire alrededor y vi dos casitas a lo lejos, en una de ellas apenas podía ver una débil lucecita, la otra vivienda estaba oscura, el resto del lugar eran chacras, algunas sin sembrar.

Por momentos no había mucha comunicación entre nosotros, existía un silencio que era interrumpido por el sonido de las hojas de los eucaliptos que se movían por el viento. Yo tenía puesto la mirada al final de la carretera que venía de la altura esperando escuchar o ver algún automóvil. Ya había pasado media hora desde que llegamos al lugar y cada vez se sentía el frío, me animé a levantarme y caminar en pequeños círculos para mantenerme caliente.
-Hummm... no pasa nada -dijo Benítez.
-Ya vendrá alguna movilidad, Melquíades es de este lugar, por algo nos trajo hasta acá -le respondí.

Noté la preocupación de Benítez, pensé que si se había equivocado al decidir acompañarme y no haberse quedado en el hotel, ahora se encontraba en peor situación y en un lugar desolado, con frío, sin alimentos y sin tener la certeza de encontrar un lugar donde pasar la noche. Me mantuve sereno, no quise que Benítez se dé cuenta que estaba preocupado y sin saber qué hacer.

La noche cubrió totalmente el lugar, mire a los alrededores y solo podía observar siluetas oscuras del paisaje que contrastaba con la poca luz de la noche. A lo lejos solo veía la lucecita de la vivienda que por momentos se perdía. Pensé que sería la última opción de ir y pedir alojamiento o tratar de ingresar a la otra vivienda que parecía abandonada. Pero no sabía que personas encontraría, si serían amables o capaz desconfiados. Sería imposible pasar la noche a la intemperie o tratar de caminar hasta Jauja. Volví a sentarse.
-De saber qué esto pasaría, hubiera preferido quedarme en el hotel y salir a pasear por la ciudad -comentó Benítez.
-Sí, pero ya estamos acá y tenemos que salir de esto, seguro que ya no demora en venir un auto -le respondí.

Nuevamente el silencio nos invadió y la preocupación se apoderó de nuestros pensamientos. Baje la cabeza mirando al suelo y en completo silencio empecé a invocar a Dios para que nos ayudara. Recordé la conversación con el administrador del hotel sobre la fe que los jaujinos tienen en la Virgen del Rosario, cerré los ojos y junté mis manos para implorar en silencio.

-Virgencita, tú que tienes muchos devotos por tus milagros, tú que eres la patrona de estas tierras, bajo tu protección nos acogemos para que escuches mi súplica: Te pido por la necesidad que tenemos en este momento, ten compasión y aboga por nosotros para encontrar una salida y llegar a Jauja sin contratiempos y libre de cualquier peligro. Amén. -lentamente abrí mis ojos para volver a la realidad.

-¿No crees que debemos hacer o pensar en algo? No podemos seguir así. Capaz podemos ir caminando hasta un poblado más grande, ya pasó una hora más -reclamó Benítez.
-Sí, pero no conocemos muy bien el lugar y estamos lejos. Esperemos un poco más. No te preocupes que saldremos de esto -le respondí.

Benítez se levantó y empezó a caminar, recordó que tenía cigarros, encendió uno y me invito otro. Exhaló el humo hacia arriba y aprovechó para mirar el cielo jaujino que mostraba su hermosura, llena de estrellas luminosas. Parecían miles de luces de bengalas que se prenden en época de navidad, se quedó impresionado y olvidó por un momento lo que le sucedía.

Hasta que, un ruido de un arbusto cercano rompió el silencio y nos llamó la atención que volteamos raudamente. De la oscuridad emergió una silueta negra y lentamente se acercó hacia nosotros. Retrocedimos lentamente, atónitos y asustados sin tener explicación de lo que podría ser. Cuando la silueta estaba más cerca pudimos percatarnos que se trataba de una mujer, una anciana, que caminaba lentamente por los años que tenía. Ya más tranquilo pensé que hacia una mujer en este lugar y a esta hora, le salude cordialmente y le pregunte el motivo de su presencia.
-Voy a Jauja –me respondió la mujer.
La respuesta nos dio una tranquilidad, al saber que había otra persona que tenía intención de viajar.
-¿Y cuál es su nombre? –preguntó Benítez.
La mujer nos miró, se quedó en silencio como si tratara de recordar su nombre y respondió con un hablar pausado.
-Tantos años que vivo en estas tierras, me llaman de diferentes formas.
-¿Ya que eres de este lugar, todavía hay movilidad para Jauja? –volvió a preguntar Benítez, angustiado.
-No te preocupes joven, que de todas maneras llegaras a Jauja –le contestó dulcemente y con total seguridad.

Ayudamos a la anciana a sentarse en un tronco caído y le acompañe. De cerca y en silencio contemple su rostro. A pesar de sus años y sus arrugas, tenía una mirada angelical y celestial que irradiaba tranquilidad. Le pregunté de donde venía y que hacía en este lugar. Pero ante su silencio le expliqué que era jaujino, pero que venía desde Lima por trabajo, que mañana tenía que regresar y que me había encantado mi corta estadía en Jauja. La anciana me dijo que, ojalá, que con esta mala experiencia no me arrepentiría de lo que decía. Nos reímos.

Benítez seguía caminando tratando de controlar su paciencia, prendió otro cigarro y me hizo un gesto de invitación, acepté y me puse de pie. Mientras encendía el cigarro, Benítez me hizo recordar que ya era demasiado tarde y que estaba preocupado. Le di confianza y ánimos pidiéndole que espere un rato más.

En ese momento, la anciana, como si presagiara algo, trataba de ponerse de pie. Al darnos cuenta de su intento nos acercamos para ayudarla, la tomamos de cada brazo y la levantamos suavemente. Fue cuando escuchamos un ruido lejano de un motor y dimos vuelta buscando de donde venía. Nos percatamos que un automóvil se acercaba, nos alegramos y empezamos hacer señas para ser visto por el conductor. El automóvil venía lentamente y aprovechamos para recoger nuestros equipajes. Yo me percato que la anciana no se alegraba mucho, se había quedado quieta, serena, pero observándonos con una sonrisa, como cuando una madre observa a su hijo en silencio. Camine hacia la ventana del conductor y le comento la necesidad que tenemos de viajar a Jauja y si podía llevarnos. El chofer aceptó.

Benítez subió rápidamente los equipajes, yo abrí la puerta delantera para que la anciana pueda subir, pero ella se negó, me miro a los ojos y me dijo que se quedaría. No comprendía su decisión, si también había esperado mucho tiempo para luego desistir en viajar. Más bien la anciana me apuro a subir, yo insistía que también tenía que subir, pero me agarró de los brazos y con la poca fuerza que tenía intentaba subirme. En ese momento, no sé por qué, no tuve palabras ni voluntad, solo pude titubear y abordé el coche sin decir nada. La anciana cerró la puerta, se acercó a la ventana y nos dio una sonrisa maternal, nos dijo que nos cuidáramos mucho y que no nos olvidemos de la fe, que los prodigios si existen.

El automóvil partió lentamente y yo me di la vuelta para no perderla a la anciana. Observé que se regresaba y se perdía por el mismo lugar oscuro de donde había salido. Exploré visualmente y rápidamente el lugar y alrededores, todo era sombrío, no había indicio de alguna vivienda. Le pregunté al conductor si por ahí había viviendas y me dijo que todo era chacras. Le pregunté si conocía a la anciana y me dijo que era la primera vez que la veía en el lugar.

Me quedé pensativo, era muy extraño todo esto, salió de la nada, no pude saber su nombre, nos dio tranquilidad, nos hizo compañía, nos enseñó a tener fe, nos embarcó y al final, se regresó por donde había salido. Pero estaba agradecido con lo sucedido. Cerré los ojos y recordé que había invocado a Dios y a la Virgen del Rosario que nos protegiera y que no nos desampare. Abrí los ojos y miré por la ventana, solo veía el camino iluminado por la luz del automóvil. Ya tranquilo, me prometí que antes de viajar a Lima iría a la virgencita para agradecerla. Recosté mi cabeza en el asiento y me quede dormido.

Al día siguiente me levanté temprano, arreglé mi maleta porque viajaba a las once y media de la mañana, desperté a Benítez. Salimos para desayunar y en la recepción nos encontramos con el administrador, aproveche para preguntarle por la Virgen del Rosario y nos contó que fue donado por un Emperador y cuando era conducida de Lima al Cuzco por centenares de indios por el camino del inca y al pasar por Jauja se desencadenó una tempestad con granizos y truenos que duró más de 24 horas, inundando la ciudad. Al reanudarse la marcha, los indios no podían movilizar la carga porque pesaba demasiado. Al destapar encontraron una virgen y esto fue interpretado como una expresión de la virgencita de querer quedarse en Jauja. De este modo empezó el culto en el coloniaje, se dice que hacía ricos a sus devotos haciéndoles encontrar “tapados” de oro, a otros les salvaba de alguna enfermedad dotándoles de buena salud, haciéndolos incluso centenarios. Cuentan que el Libertador Bolívar, era su devoto, fue salvado milagrosamente de una caída fatal de su caballo y que el Mariscal Cáceres, también devoto, cuando estuvo en Jauja, muy de madrugada oró al pie de su altar invocando su protección y luego dar un golpe en la “Huaripampeada” que le significó la entrada a Lima y tomar el poder. Estos y muchos milagros más hicieron que tuviera devotos no solo de la clase pobre sino de la clase adinerada, quienes al morir, legaban extensas tierras, declarándola su heredera celestial. Actualmente los mayordomos celebran para el primer domingo de octubre el día patronal de Jauja, con juegos pirotécnicos que empiezan desde la víspera, con misas y procesiones multitudinarias por la Plaza de Armas acompañados de una banda de músicos y al toque de las campanas de la iglesia Matriz, luego de la procesión hay una pandilla general, así termina las festividades despidiéndose hasta el próximo año.

Benítez se quedó admirado con la historia. El administrador abrió un cajón de su escritorio, sacó una fotografía y me regaló. Era la Virgen del Rosario, y me dijo que siempre la llevara conmigo, que me iría bien. Agradecido por ese noble gesto le di un abrazo y salimos del hotel para desayunar, luego fuimos a la Iglesia. Cuando llegamos a su altar nos encontramos con un retablo barroco y al medio estaba la Virgen del Rosario de tamaño natural de una persona, era hermosa y su mirada me fue familiar, me hizo recordar inmediatamente a la mujer anciana, me invadió una emoción y no pude evitar derramar algunas lágrimas. Incliné la cabeza para rezar y agradecerle por haber escuchado mi plegaria. Prometí venerarla siempre y llevar su fotografía a todo lugar que mi trabajo me llevara. Me despedí agradecido.

Regresamos al hotel para recoger nuestras pertenencias y nos fuimos a la agencia para partir a Lima. Saliendo de Jauja observé la estatua grande e imponente de la Virgen del Rosario, no me había percatado cuando arribé porque era de madrugada y me encontraba durmiendo. Luego, cuando cruzábamos el río Mantaro por el Puente Stuart, Benítez dio media vuelta para ver la hermosa tierra que dejaba, solo estuvo cuatro días y por lo poco que conoció, se había quedado encantado. Yo, regresaba lleno de fe, porque en Jauja, en un “pedacito del cielo”, había encontrado un milagro. Prometí que volvería, pero no por trabajo, si no, en un mes de Octubre para participar en las festividades religiosas de la Virgen del Rosario.

Ya pasaron muchos octubres, mi devoción aumentó y actualmente soy hermano de la Archicofradía del Santo Rosario, en gratitud por todo lo que hace por mí.

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13 de mayo de 2017

¡Feliz día madre jaujina! ¡Feliz día mamá!

Jauja, ciudad pequeña pero grande en historia. Donde llegó en sus inicios una virgen y decidió quedarse para siempre, para ser la madre celestial de todos los jaujinos y que ahora, con tanto amor, cuida a sus hijos. Nosotros que le tenemos tanta devoción, le veneramos y con dulzura le llamamos: “Mamallanchic Rosario” o “Mamita Rosario”. Jauja, ciudad donde la princesa inca, Inés Huaylas Yupanqui, se hizo madre al alumbrar a la primera mestiza del Perú, a Francisca Pizarro Yupanqui, hija de Don Francisco Pizarro.

Ciudad que encierra muchas historias familiares desde antaño, cuantas historias se pueden contar de muchos hogares, de muchas casonas de adobe, que capaz ahora las vemos casi vieja, producto del tiempo y por estar desoladas, pero que años atrás cobijaba una familia completa y relucía sus ambientes y paredes como una “moza” hermosa llena de juventud, bien cuidada y pintada.

Quien no podrá recordar el amanecer jaujino, cuando los trinos de los pajaritos rompían la tranquilidad. Muchas veces amanecía frio y a veces mojadas por el aguacero invernal, pero eso a veces no importaba, porque teníamos el calor de mamá, de papá y de los hermanos. Los fines de semana, cuando no se iba a clases, se podía dormir más tiempo hasta que mamá nos llamaba para tomar el desayuno, llegabas a la cocina para ayudar en algo, aunque mamá lo hacía casi todo, siempre nos encomendaba alguna tarea. Sentarse todos alrededor de la mesa y compartir una taza con cocoa caliente, a veces leche fresca u otra bebida, acompañado con los bollos calientes o con el pan de huevo, muchas veces solo era pan con soledad, otras veces con queso o mantequilla o cancha tostada. No teníamos lujo, ¿pero pobreza? tampoco, solo éramos felices, nunca faltaba comida. Y así era el almuerzo, el lonche y la cena.

Más tarde, se aprovechaba del sol que ya relucía caluroso en el cielo despejado para lavar la ropa y nuestros uniformes. El lavado era a mano, ayudado con una escobilla y con el jabón “Bolívar” o “Patito”, ese jabón artesanal de color casi negro que se vendía en las ferias de los miércoles y domingos. Y para la blancura, su “azul” añil para darle el “toque azulito” a la ropa blanca. Es que la mamá era estricta hasta con la mugre.

Como no recordar las ferias dominicales que se realizaban en la plaza de armas y en los jirones Junín, Grau y calles aledañas de la plaza. Nos llevaba para cargar la bolsa con los alimentos que compraba y de paso aprovechábamos para pedirle que nos compre alguna golosina que nos gustaba.

Así crecimos, así nos enseñó y aprendimos a forjar nuestros valores y morales, porque cuando se trataba de corregirnos, bastaba un grito o una mirada para ponernos tranquilo. Pero también, a veces era cómplice de nuestras travesuras, abogaba y nos protegía cuando papá quería castigarnos. Y después a solas, nos llamaba la atención con ternura y nos hacía prometer que no volveríamos hacerlo.

Por más que pasaron los años, ella, nunca deja de ser madre y nosotros, sus hijos. Aún de grandes, siempre están pendientes y hasta nos llaman la atención. Claro, ya no con la rigidez de antes y tampoco nuestras travesuras no son las inmaduras de antes.

Y en este día especial del Día de la Madre, como no volver a nuestra querida “madre tierra” y en especial, a encontrarnos con nuestra “madre querida”. La primera, la tierra que nos vio nacer y nos dio la identidad de ser jaujinos. La segunda, la mujer que nos dio la vida y forjo la persona que ahora somos.

Mi gran reconocimiento a todas las madres jaujinas, que desde antaño y hasta estos tiempos siguen luchando y saliendo adelante. Muchas veces solas con sus hijos, haciendo a la vez de padre y madre. Otras, siendo el apoyo de sus esposos para progresar como familia. Pero siempre cumpliendo un rol muy importante en el progreso general de Jauja. ¡Feliz Día Madres jaujinas!

Vuelvo a ti madre querida, para sentir tu abrazo, capaz con menos fuerza, pero sentir tu calor. Para mirarte en silencio y tratar de contar los años en tus arrugas y pelos blancos. Para contar el tiempo, cada vez menos, que hará que cuando se vaya terminando, me preguntes cuando partiré. Sé que no te gustaría que me vaya, pero dejaras tu sufrimiento en tu corazón y me dirás que debo partir a seguir con lo mío.

Después de festejar tu día y disfrutarte, yo partiré, con tristeza, pero con la promesa de volver pronto. Como ahora que regreso.

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5 de julio de 2016

Homenaje al maestro con cariño

No olviden la poesía y los ejercicios de matemáticas para mañana. Así terminaba las clases del profesor Oscar Peña cuando nos enseñaba en la escuelita 315512, ex 500. Al día siguiente, después de haber formado y pasado revisión de higiene, que consistía en tener pañuelo limpio, zapatos brillantes y cabello corto, ingresábamos al salón y nos parábamos en nuestras respectivas carpetas. El profesor Peña, ingresaba y se ubicaba en su pupitre y con un ademán nos decía pueden sentarse. Después de una reseña de la fecha que conmemorábamos, elegía a cada uno de nosotros al azahar para salir al frente y recitar, quién declamaba, retornaba a su carpeta, quien no, “al rincón quita calzón”. Cuando terminaba con todos, tocaba el castigo para los que no cumplieron con la tarea, que era de tres azotes en la mano con un látigo de jebe de llanta de carro, no había campana que nos salve porque era al inicio de las clases. Era un profesor con una metodología a la antigua y a veces aplicaba la premisa de “la letra con sangre entra”. Nos dejaba abundante tareas, especialmente de matemáticas y teníamos que cumplir porque ya sabíamos el castigo que nos esperaba al día siguiente sino cumplíamos. En esos momentos no entendíamos su proceder, a veces renegaba porque no tenía mucho tiempo para salir a jugar a la calle con los amigos, pero en cada alumno construyo una base sólida de responsabilidad y de principios morales que nos sirvió para seguir los estudios en el Glorioso San José y más tarde, en la universidad. Ahora la gran mayoría somos profesionales y en cada lugar del mundo que nos encontremos, le agradecemos y le recordamos como un gran profesor. Qué tiempos aquellos que los recuerdo con nostalgia.


Antes en Jauja sólo existían tres colegios nacionales, el Carmen, El San Vicente y el San José, no había los particulares. Cuando estudiamos en el glorioso San José encontramos buenos profesores que también siguieron forjando nuestro porvenir. Profesores que no solo se dedicaron a dictar sus clases, sino a ser nuestros guías académicos, tutores, asesores y amigos durante los cinco años de permanencia. Porque aparte de enseñarnos diversos cursos, nos enseñaron a tener identidad, a aprender a amar, así sea lo poco que pudimos tener en nuestros hogares, las pocas oportunidades que nos brindó nuestra tierra, pero eso fue lo de menos, porque aprendimos a querer y a valorar lo que teníamos, A muchos nos tocó salir de Jauja, otros se quedaron, pero eso se refleja ahora en el amor a nuestro colegio y a nuestra tierra. Salimos de Jauja pero nuestro corazón se quedó en ella, más si dejábamos a nuestra madre.

Igual experiencia vivieron las jaujinas que estudiaron en el Colegio Nuestra Señora del Carmen y en el Colegio San Vicente de Paúl. Ahora son mujeres luchadoras y de éxitos.

Los profesores, profesionales abnegados que eligieron esta carrera para educar a nuestro país sin importar la comodidad o distancia. Recuerdo cuando viajé por motivos de trabajo al distrito de Buldibuyo, departamento de La Libertad, un viaje de tres días continuos por una carretera pésima y un ómnibus sin comodidades, ya no sabía cómo sentarme y cuanto anhelaba llegar de una vez a mi destino. Al otro lado de los asientos iba una señorita que cuando bajé del ómnibus ella siguió viajando hasta Huaylillas, era profesora y me admiro su voluntad de viajar a un lugar tan lejano a cumplir su vocación. Yo estaba tranquilo porque sabía que en dos días regresaba a Lima, en cambio la profesora se quedaría a trabajar en un pueblito donde no había luz eléctrica ni agua potable. Así como esa profesora, hay miles de docentes que se encuentran trabajando en el anonimato y cumpliendo su deber en lugares quechua hablantes donde es más difícil enseñar y tienen que ser maestros bilingües intercultural enfrentando una educación centralista, donde el estado emite normas de educación pensando solo en los colegios de Lima o de las principales capitales de provincias. Pero estos centros educativos no solo son el Perú, sino también las escuelas y colegios de muchas comunidades rurales.

Por esta razón y de manera especial, en este día del maestro, recordamos y rendimos honores a todos los profesores que trasmitieron sus enseñanzas y valores; a quienes nos enseñaron a ponerle música a las letras, es decir, a leer; a quienes nos enseñaron llenando con letras y números la pizarra, desgastando la tiza blanca en conocimiento. Ahora muchos de ellos ya tienen cabellos blancos, canas de sabiduría.

¡Feliz día del maestro!

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8 de mayo de 2016

Feliz día de la Madre, Feliz día mamá Julia

Cada segundo domingo de mayo es un día muy especial, en cada hogar, en cada familia, cerca de Jauja o desde un lugar lejano, siempre festejamos el día de la madre. Algunos lo hacen con un recuerdo guardado en el corazón y a veces acompañado de una ofrenda floral porque se encuentra en el cielo. Otros, que tenemos la dicha de tenerla presente, aunque a veces lejos, nos comunicamos telefónicamente para saludarla o viajamos para estar a su lado y rendirle homenaje como se merecen, porque ellas si son capaces de dar todo por nosotros.

Nuestras madres son ángeles enviados por Dios que nos cuidan desde que nos cobijan en su vientre hasta que se van a la gloria. Después se convierten en madres celestiales junto a Mamallanchic para protegernos desde el cielo.

En la historia de Jauja existen muchas mujeres que hacen digno de este ser, especialmente cuando llegan a ser madres; como Mamá Julia, Mamá Panchita, Mamá María, Mamá Ichaco, Mamá Shanto, Mamá Cata, Mama Pompa, Mamá Cuty, Mamá Tomasa, Mamá Goya, Mamá Asunta, Mamá Berna, Mamá Dolores, Mamá Nieves, Mamá Clavelina, Mamá Augusta, Mamá Florentina, Mamá Cleodomina, Mamá Clementina, Mamá Gertrudis, Mamá Divina, Mamá Rosaura, Mamá…sería muy extenso la lista para nombrar a todas, mil disculpas. Madres que siempre hicieron historia al lado de sus esposos, o solas, sacando adelante a su familia, muchas veces en silencio y mitigando el dolor para no quebrarse delante de sus hijos.

De pequeño siempre me preparaba para este día, ahorraba mis propinas para comprarle un regalo. El domingo, después del desayuno salía a la feria que antes se realizaba en la Plaza de Armas y en las calles de los jirones Junín y Grau a buscar su regalo. Casi siempre después de dar muchas vueltas llegaba a las tiendas que se ubican en la entrada del mercado municipal. Habían regalos como una jarra de vidrio con vasos envueltos con papel celofán y demás utensilios del hogar, en la sección de florería se preparaban hermosos ramos de rosas rojas alusivos al día de la madre.

Con mi regalo en mano, regresaba a casa e ingresaba sigilosamente para no ser visto por mi mamá. Ordenaba la sala ubicando mi regalo a la vista de ella para que cuando ingresara pudiera verla. La esperaba aprovechando en mejorar cualquier detalle que obviaba. Cada vez me ponía más nervioso y trataba de no olvidar las palabras de saludo y agradecimiento que me había aprendido. Cuando llegaba mi mamá y se encontraba con mi sorpresa, podía notar su emoción; frente a frente nos mirábamos, había un momento de silencio y al no poder pronunciar ninguna palabra corría a su lado para abrazarla con fuerza y solo atinaba a llorar embargado por la emoción. Sentía un nudo en la garganta que me imposibilitaba pronunciar mi pequeño discurso, a veces ni siquiera podía decir un ¡TE QUIERO!; mi mamá comprendía mi emoción y mi llanto que me consolaba dulcemente agradeciéndome por el regalo.

Nunca pude superar ese defecto, siempre se me hizo difícil decirle en palabras lo mucho que la amo y lo orgulloso que estoy de ella. Hasta ahora, con los años venidos, siempre hago el esfuerzo de pronunciar unas palabras y termino rápido cuando siento que mis ojos se ponen cristalinos al punto de derramar una lágrima. Por eso, prefiero más a los hechos que a las palabras.

Recuerdo el momento cuando aprendí a valorar más aún a mi mamá. Un día, despojándose del cariño que me tiene, aceptó con dolor mi decisión de partir a Lima en busca de mejores oportunidades que lamentablemente Jauja no me brindaba y me ayudó a realizar mi cometido. Había terminado el colegio y como la mayoría, tenía que emigrar, aunque Lima no me recibía con las manos abiertas, sino llena de incertidumbre porque no sabía a donde llegaría a vivir con exactitud, pero eso no importaba y tenía que partir. La noche de mi partida no fue cualquier noche en mi vida, salí de casa llevando poco equipaje, solo algunas prendas para mi muda, pero si llevaba un cargamento de muchos sueños y metas por cumplir. Cada paso que daba me separaba más de mi casa y cada vez mi avanzar era más lento tratando de no alejarme, pero era inevitable. No fue fácil dejar a mi familia que hasta ese momento era mi mundo y significaba todo para mí; a los amigos con quienes compartimos momentos de estudios en el colegio, muchas aventuras y noches de tertulias; los juegos de Basket en la liga de Jauja con nuestro equipo “Club Deportivo Power”, el "Power Campeón ‘84"; las travesuras que hicimos y a los primeros amores vividos, que ahora guardo en mis recuerdos.

Solo mi madre me acompañó hasta la agencia el "Sudamericano", antes de subir al ómnibus me dio su bendición, una caricia y el primer abrazo de despedida, era la primera vez que viajaba a Lima y sin saber cuándo regresaría, era la primera vez que dejaba mi hogar y sin saberlo, era para siempre. A los dos nos invadía la pena, pero ella se mostraba serena porque sabía que no le defraudaría, tuvo ese instinto de confianza que mi padre no supo tener en ese momento, al menos eso me demostró mi padre cuando no estuvo de acuerdo con mi decisión de viajar a Lima. Tampoco estuvo en mi despedida, tuve la esperanza que llegara antes que partiera el ómnibus, pero nunca llegó. Entiendo que a veces y en los momentos más cruciales, las madres son más heroínas que los padres. Mi padre me quería, pero no tuvo el valor de verme partir, capaz por ser el hijo mayor, no lo sé; pero por más pena que yo sentía esa noche tuve que viajar. Ya en camino, de rato en rato, miraba por la ventana como dejaba atrás muchos lugares que conocía, con lágrimas y en silencio recordaba muchas cosas vividas que se perdían en la oscuridad de la noche. Fue una noche larga que no pude dormir y fue esa noche que mi madre me dio el mejor de sus regalos: ¡Mi Libertad!

En Lima pasé muchas peripecias y sufrimientos, sentí la ausencia de mi madre cuando vivía solo, mudándome de un lado a otro sin tener el cariño ni el cuidado que ella me daba. A veces, cuando me faltaba un plato de comida, recordaba su exquisita sazón y abundante comida que me tenía acostumbrado. Un estofado o un guiso de carne que siempre preparaba con grandes presas de carne y papas cortados por la mitad, no en rodajas y poca carne como acostumbran a servir en los restaurantes de Lima. También las sopas y caldos las prepara con abundantes carnes, fideos, verduras y casi enteras sacándole provecho a la abundancia que nos brinda nuestro paraíso jaujino. La extrañaba demasiado, pero no podía regresar porque aún tenía mucho camino que recorrer y recién empezaba.

Ahora con el pasar de los años, no es la primera, tampoco la última vez que viajo a Jauja para estar a su lado. Más aún si es un día especial, no me importa si el pasaje esta elevado o el trajinar de llegar y regresar el mismo día mella mi físico. Quiero aprovechar que está viva para darle muchos abrazos y sentir su cálido cariño y no tener ese encuentro frío al pie de su tumba.

Cuando regreso a casa siempre recibo su especial atención porque sabe que mi estadía es por unos días. En la madrugada siempre está atenta a mi arribo sin poder dormir, cuando escucha que golpeo la puerta se levanta presurosa tratando de ganarle al tiempo con su agilidad pérdida por los años que pasan. La espero en pleno frío y con los cantos de los pajarillos; mientras observo el patio principal y alrededores de la casa, que a esa hora se encuentra llena de soledad y a mi mente vienen los recuerdos gratos vividos, también algunos desagradables, aunque pocos, pero no los puedo evitar. El sonido de sus pasos cada vez más fuerte rompe mis recuerdos y al abrir la puerta nos entregamos al cariño que nos tenemos con un intenso abrazo, en ese momento cierro los ojos y en ese instante siento que aún sigo siendo un niño y que ella es la madre de siempre. Un beso en la mejilla y como es de costumbre, siempre pregunta cómo me encuentro, si el viaje fue tranquilo y porqué demoré, me invita a pasar y abrigarme con una manta que me tiene esperando en el sofá. Nos sentamos y puedo contar sus años en sus arrugas, en sus canas, pero su amor nunca envejece. Conversamos un momento y luego se interna en la cocina a preparar el desayuno; si no tiene listo una Patasca que cocinó la noche anterior, se pone a preparar un “Yacuchupe”, apura a mi padre para que compre pan de huevo y bollo para matizar la mesa. Lo mismo sucede a la hora del almuerzo, pregunta que deseo comer y se esmera en preparar. A veces salimos toda la familia a un restaurante campestre y siempre está pendiente de la comida que nos sirven, reclamando sino está bien preparado, porque es muy especial con su sazón, porque es una madre muy exclusiva.

Cuando es un día especial como el Día de la Madre preferimos ir a la casa de Paca a preparar una pachamanca, mi papá siempre nos espera con el horno listo para encender las leñas. Me encanta demasiado esa idea, porque es pasar un “día jaujino” al natural y rodeado de la familia. Mi padre con su conociendo se encarga de hacer los preparativos para la pachamanca, nosotros le ayudamos y aprendemos porque ya estamos próximo a tomar la posta. Cuando el fuego del horno esta candente me doy tiempo para arreglar el jardín y recorrer los diferentes ambientes de la casa. Tiene una pequeña cocina donde hay una bicharra y ollas de barro, el complemento necesario para preparar una deliciosa comida con sabor especial cuando se cocina con leña. Sigo caminando y mirando plácidamente las paredes de adobe, el tejado envejecido por el tiempo y por la soledad porque nadie la habita, subo al segundo piso por la escalera de madera fabricado por mi padre, es un ambiente grande de una sola pieza con piso de madera, por las ventanas se puede observar los árboles de eucaliptos que adornan el hermoso paisaje del pueblo y que llega hasta las orillas de la laguna. También se puede apreciar parte de la casa, como el pino que ha crecido imponente y que sobresale del techo de la sala, ahora es como un guardián y protector de la casa; los techos de teja con doble caída, las vigas de maderas, las paredes de adobe, los pisos de tierra, el patio con pasto natural y las puertas de madera que le dan un aspecto rústico a la casa. Está lleno de encanto porque en su mayoría fueron fabricados y labrados artesanalmente con las manos de mi padre.

Regreso donde mi padre porque las piedras del horno ya están calientes, ayudo a separar las piedras candentes, después con mi madre y demás hermanas colocamos las papas, las variedades de carnes, las humitas y por último las habas. Cubrimos totalmente el horno con hierbas y tierra de Paca, hago una cruz con dos maderos y la coloco en la cima del horno. Luego nos sentamos en el medio del patio para hacer un brindis por mi madre con unas cervezas y conversar sobre nosotros, como nos encontramos y haciendo planes futuros hasta que llegue la hora de servir y comer con deleite la pachamanca.

De regreso a Jauja sé que mi estadía se termina, es inevitable, porque llega la hora de la despedida, complacidos por ese maravilloso día que pasamos y que ahora quedará en el recuerdo de cada uno de nosotros. Siempre al partir me voy con la mirada triste de mi madre, pero orgullosa a la vez; espera la hora de mi partida y me da un abrazo con sus bendiciones. Sabe por ahora que mi lugar está en Lima y aunque estamos separados por la distancia, ya aprendimos a superar ese obstáculo, porque nos llenamos de esperanzas y promesas que muy pronto nos volveremos a ver.

Yo vuelvo a repetir la misma escena de mi partida, prefiero caminar hasta el terminal para abordar el bus, a veces despidiéndome de las cosas que dejo en cada paso de mi camino, a veces pensando en lo vivido que ahora serán recuerdos, a veces mirando un lugar que guardara un recuerdo. Así me alejo físicamente cada vez más, pero siempre me quedo sentimentalmente con mi familia, hasta el día que tenga que regresar y prometo que será muy pronto... ¡Mamá Julia!, gracias por ser la madre que eres y TE AMO mucho, viejita linda.

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