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Jauja, donde pagan a los hombres por dormir, fustigan a los hombres que insisten en trabajar, los árboles son de tocino y sus hojas de pan de fino. Las calles están adoquinadas con yemas de huevo y lonjas de tocino, asadas y fritas...

10 de mayo de 2018

El "Libro de Ceniza" de Gerardo GarciaRosales

Existen cuentos fantásticos, que entre el misterio y el suspenso, presentarán personajes fantasmagóricos con marcados contenidos espirituales y mágicos en razón de las creencias y mitos de nuestro valle.

Presentación del "Libro De Ceniza", del escritor jaujino Gerardo GarciaRosales, este jueves 8 de mayo a partir de las 6:00 pm en la Dirección de Cultura de Junín, Jr. Lima 501, Huancayo.


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3 de mayo de 2018

Danza la Jija de Jauja, Patrimonio Cultural de la Nación


La Jija es una danza tradicional de la provincia de Jauja, con diversas variedades en sus distritos y comunidades campesinas, la cual representa en forma danzada la siega de los cereales de cultivo más extendidos en la provincia de Jauja y valle de Yanamarca; el trigo y la cebada. Este tipo de danza suele aparecer como el inicio ritualizado de una actividad productiva, como es el caso de danzas de siembra o de limpieza de acequias en otras zonas y regiones andinas.

Los distritos en los que se practica esta danza son Canchayllo, Sausa, Muqui, Yauyos, Leonor Ordóñez Huancaní, Paccha, Pancán, Huaripampa, Muquiyauyo, Sincos, Ataura, Parco, Paca, Tunanmarca, Acolla y Marco, distrito este último donde es conocida como Danza de los Segadores.

La Jija apareció como danza ceremonial con que se iniciaba la cosecha de los cereales traídos con la colonización europea. Con el tiempo esta danza se desligó en algunos casos de la actividad agrícola para formar parte de las celebraciones a la Cruz (3 de mayo), la Santísima Cruz de Mayo, también conocida como Tayta Mayo que coincide cronológicamente con la cosecha de cereales tras el período de lluvias en la sierra. En los distritos de Paccha y Muqui esta danza se celebra al final de la faena de la limpieza de acequias. La totalidad de variantes se representan, como se ha dicho, a lo largo del mes de mayo; en el distrito de Marco se presenta, además, el 16 de octubre, fecha de la creación política del distrito.

Las variantes de esta danza se pueden resumir en tres tipos básicos por coreografía, vestimenta y difusión. La variante más difundida es la que representa la labor de siega de trigo y cebada, y cuyos protagonistas son los jijeros, que se presentan en dos hileras y haciendo diversas figuras en grupo. Como parte de la celebración de la Cruz de Mayo, esta danza es presidida por la Cruz, llevada por el mayordomo de la fiesta flanqueado por dos mujeres, las damas o brazos, quienes danzan discretamente en pasos distintos al de los jijeros.

La segunda variante es la de los solteritos; aquí la variación fundamental es la presencia de un cuerpo femenino de baile, las pianas o solteritas, ataviadas con el atuendo típico genérico de Jauja, que hacen las veces de pareja de los jijeros o solteritos, el nombre refiere que quienes bailan son jóvenes casaderos que realizan un baile de cortejo; esta modalidad es propia de los distritos de Muqui, Huancaní y Leonor Ordóñez.

La tercera variante es la de los segadores, en la que quedan más rasgos de la danza original, dado que aún está asociada a la labor agrícola propiamente dicha, no siendo por tanto una representación sino parte de la faena misma. De esta variante, la representación más conocida es la del distrito de Marco. La vestimenta es de tipo tradicional, especialmente hecha para acometer el trabajo, y la hoz no presenta adornos en tanto está siendo usada en la práctica.

La indumentaria básica de la Jija es una caracterización del traje del labrador español, lo que puede indicar que el origen de esta danza se ubicaría hacia el siglo XVIII, cuando esta vestimenta terminó de imponerse a las poblaciones nativas en el período post-rebeliones nativas. En su variante más tradicional, los segadores de Marco, la vestimenta consta de camisa de lana de oveja; pantalón de cordellate; delantal de tocuyo o dril blanco que cubre hasta la parte media de las piernas; calzado del tipo llanquis o shucuy, hecho de cuero crudo de res, llama u oveja; medias de lana de oveja; mangas de lana con diseños de colores; sombrero de lana de oveja prensada; manta multicolor o ushikata puesta a la banderola y amarrada en el pecho; y, en la mano derecha, una hoz. Los segadores llevan también un lazo de cabuya o cuero trenzado y un wallqui, bolsa de cuero para coca.

Sobre esta base se han dado diversas variantes por cada distrito. La más difundida, ya se trate de jijeros o solteritos, consta de pantalón de color oscuro, camisa blanca o celeste de manga larga, sombrero alón de paja y copa cónica adornada con una cinta, pañuelo al cuello y a la espalda la ushikata; escarpines o perneras que cubren desde el empeine hasta debajo de la rodilla y decorados con flecos. Los accesorios básicos son la hoz decorada con cintas de colores, y el wajla, cuerno de vacuno pendiendo de un poco más arriba de la cintura, usualmente pulido y decorado con incrustaciones, usado para llevar chicha o el brindis de ocasión. En Paccha y Muqui, en cambio, los danzarines llevan un traje de terno completo, azul o negro, con algunos de los accesorios de rigor. En el caso de ser los solteritos, las mujeres visten con el atuendo de fiesta de la mujer jaujina: falda adornada con hileras de cintas de seda; monillos con aplicaciones de lentejuelas y pedrería, manta bordada y orlada con cinta de seda, sombrero de paja; zapatos de taco alto y un cuerno o wajla.

La coreografía de la Jija consta de una serie de pasos, y también presenta variantes distritales. En términos generales, la danza consta de cinco partes: 1. Pasacalle, desplazamiento de los bailarines al campo de trabajo o lugar donde se hará la representación, con pasos cortos y marciales; 2. Surge o sorge, presentación del conjunto de jijeros y del mayordomo, cargando éste la Cruz de Mayo con la asistencia de dos damas; 3. Pasión, corte de las gavillas representado con un movimiento lento y rítmico; 4. Mudanza, donde se presentan diversas figuras coreográficas como el cruce de hoces, acrobacias con el sombrero, etc. de un conjunto de veinticuatro pasos existentes, hechos por lo general en corrida lateral con la mano izquierda en la cintura y blandiendo la hoz en la derecha. La música para este momento son diversos huaynos alternados con la tonada característica de la Jija; 5. Colocación, tiempo en que la Cruz es devuelta ceremoniosamente al altar de la iglesia de la que fue sacada.

La música que acompaña esta danza tiene como base una tonada tradicional característica, que se repite en todas las variantes registradas; con esta tonada tradicional se alterna una serie de tonadas compuestas para la ocasión, conservando el ritmo apropiado a cada paso e incluyendo algunos huaynos conocidos. Esta alternancia de géneros de diverso origen hace de la música de la Jija un corpus musical de gran riqueza.

La orquestación con que se interpreta la música de la Jija incluye un rango que va desde instrumentos como quena, tinya, arpa y violín, conformación tradicional de toda la sierra central hasta la orquesta típica o filarmónica del centro, de aparición más reciente, conjunto conformado por clarinetes, arpa, uno o dos violines y saxofones.

El origen de la Jija se asocia, según la tradición oral de algunos distritos, a una representación de la siega, siendo en este caso un baile de varones representando a los segadores. En algunos otros distritos de Jauja se asocia a los bailes de salón europeos al ser un baile de pareja de pasos discretos y sin tomarse de las manos.

Estos argumentos se sustentan en dos hipótesis. Se considera, por un lado, que el término Jija proviene del baile de salón conocido como giga, de pasos rápidos y saltados que, originario de las islas británicas, en los siglos XVII y XVIII se popularizó en toda Europa. Esta versión es sostenida en el libro Danzas Nativas del Perú, de José Oregón Morales y Eva Cosset Oregón Tapia. Sin embargo, la Jija de Jauja, en la mayor parte de sus variantes, no se asemeja a una representación de un baile de salón, sino que representa la actividad de siega con hoz, del mismo modo que los enérgicos pasos de la Jija tienen poco que ver con los pasos propios de bailes de salón.

En el caso de la segunda hipótesis, el nombre Jija vendría de jijona, una variedad de trigo originario de las zonas españolas de La Mancha y Murcia, especie que podría haberse cultivado entre los siglos XVII y XVIII en el valle del Mantaro. También vinculando el origen de la Jija con la actividad de la siega se sugiere que el nombre Jija deriva de las voces dadas por los bailarines durante el "guapeo" de los segadores.

Al margen del origen, la Jija es una expresión que concentra un conjunto de factores históricos y culturales que han hecho de esta danza una manifestación compleja en componentes y significados para la población de los distritos de la provincia de Jauja, origen de esta danza. De haber sido una danza ritual para el inicio de la cosecha del trigo, según una costumbre andina de ritualizar el inicio de cada actividad importante, pasó a ser una representación de esta actividad que forma parte de la fiesta de la Cruz de Mayo, tiempo de cosecha de cereales al que desde el inicio estuvo por tanto asociada. Posteriormente se ha convertido en algunos distritos en una danza de parejas, similar en los pasos a la giga europea, por lo que puede suponerse que esta danza concentra diversas vertientes en un original sincretismo.
Fuente: Resolución Viceministerial Declaratoria Patrimonio Cultural de la Nación.

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18 de abril de 2018

El barquito de papel



“Soy hombre de lluvia. Porque de niño jugaba bajo la lluvia y ahora de grande, bailo y canto bajo la lluvia…”

Recuerdo que el año pasado regresé a Jauja aún en tiempo de lluvia, para despedirme de los carnavales. Ya la gente parecía más tranquila, esperando con devoción la Semana Santa y a Taita Cáceres. Pero yo, aún tenía que cumplir una invitación de un buen amigo, que era padrino de cortamonte en el distrito de Yauyos.

Un día antes del cortamonte salí de casa para pasear y mezclarme con la vida cotidiana de Jauja, camine por algunos lugares que parecían estar detenidos en el tiempo y que aún mantienen sus encantos y su magia de ciudad antigua. Preferí caminar y no subir a una “mototaxi” porque recordé que antes no había esos vehículos. La gente se trasladaba a pie o en bicicleta de un lugar a otro y Jauja era más tranquila, sin mucho tráfico, sin mucho bullicio. Además, comprendo que caminar es sentir y es estar más en contacto con nuestra tierra. Es sentir más a Jauja.

Camine por las callecitas, recordando buenos tiempos de infancia y pubertad. Cuando mi mundo era de juegos, de alegrías y de algunos inocentes amoríos. Cada paso que daba despertaba mis recuerdos y a veces cerraba los ojos para retroceder en el tiempo y encontrarme con esa escena vivida. Todo dependía del lugar en que me encontraba.

Como era época de invierno, la tarde soleada y colorida cambió a un color gris de un momento a otro y empezó a llover. Quise correr a guarecerme, pero recordé que en mi infancia muchas veces jugué bajo la lluvia, sin importar del frio. Recordé que también muchas veces salía al campo a pasear con un amor de ese entonces y algunas veces nos sorprendía la lluvia. Nos protegíamos del aguacero entre eucaliptos y chaguales, y era momento propicio para entregarnos a ese sentimiento puro e inocente de nuestro cariño, combinado con aroma a tierra mojada y aromas de amor. Algunas veces, cuando no pasaba la lluvia decidíamos regresar a la ciudad caminando de tramo en tramo, desafiando a la naturaleza. Nos mojábamos íntegramente, pero en cada tramo que nos parábamos para descansar, nos abrazábamos, nos mirábamos en silencio, solo se escuchaba el ritmo de la lluvia y de nuestros corazones. Yo le limpiaba su rostro mojado, ella también y nos besábamos. Como para darnos calor, o algo más, quien sabe, solo nosotros lo sentíamos. Quizá ahora solo los dos lo recordamos.

De regreso a mi realidad, decidí seguir caminando bajo la lluvia sintiendo cada vez más fuerte las gotas de agua. Yo llevaba puesto una buena casaca de cuero que me protegía de la lluvia, mi pantalón “jean” también se acomodaba a tal adversidad y para completar, calzaba como siempre, mis botas texanas que me permitía caminar con comodidad sin temer a los charcos que se formaban.

Por donde caminaba, muchas personas, que se protegían de la lluvia en las puertas de las casonas, en las tiendas o en un lugar donde se mantenían secos, me miraban con asombro como caminaba bajo el aguacero, sin importar como me mojaba. No comprendían que no solo quería recordar, sino sentir como en mi niñez jugaba bajo la lluvia. Solo tenía cuidado que mi madre no me viera, porque de seguro no entendería por qué caminaba bajo la lluvia y se molestaría. A pesar que los años han pasado, ella no deja de ser la madre y yo un hijo. Siempre una madre se preocupa por su hijo.

Caminé por mucho tiempo por las calles desoladas por culpa de la lluvia. Sin importar que mis cabellos empezaran a perder su rigidez y ceder ante la lluvia, emanando hilos de agua por mi rostro. De vez en cuando sacudía mi cabeza y pasaba mi mano por mi rostro para secarme.

La lluvia era cada vez más fuerte y por ambos lados de la calle se formaban riachuelos en los drenajes, buscando su curso habitual. Tal paisaje me trajo a la memoria cuando jugaba con mis amigos a la carrera de barquitos de papel. Cuando la lluvia era intensa, preparábamos los barquitos con las hojas de nuestros cuadernos o de un periódico pasado. Tratábamos que sean resistentes a las corrientes de agua, porque eso era garantía que nuestros barquitos soportarían las fuerzas del agua. Salíamos a la calle y desde la esquina de los jirones Bolívar y Bolognesi, cada amigo con su barquito, iniciábamos la carrera. Desde el punto de partida, íbamos corriendo detrás de ellos, alentándolos para que estén en el primer lugar. No se permitía levantar el barco y colocarlo más adelante, salvo cuando se atascaba entre los residuos o basura que la lluvia arrastraba a su paso, se podía sacarlo del atolladero.

Así seguíamos calle abajo sin importar en mojarnos. Ninguno de nosotros llevaba ropa seca, menos limpia, Nuestras caras y manos no sentían frio, pero si lo teníamos cuarteados, producto del frio. Muchas veces nos arrodillábamos para sacar o salvar a nuestros barquitos y siempre nuestros zapatos o zapatillas lo teníamos mojados junto con el bota píe de nuestros pantalones.

En esa época no teníamos videojuegos ni computadoras en casa. Para quedarnos como es ahora, sin salir de casa, sentados, mirando la pantalla y jugando “on Line” con otros amigos que a veces ni los conocemos.

Así no era nuestras vidas, éramos más niños de la calle. Porque muchos juegos se realizaban en los patios de las casas y en las calles. Habían juegos como las Escondidas (Ampay me salvo con todos mis amigos o plancha quemada, plancha quemada), la Chapada (Tú la llevas), los Quinchos (con las bolas lecherongas), el Lobo (Juguemos en el bosque mientras que el lobo no está, ¿lobo estas?), el Trompo (con la punta sedita), la Mata gente, los Siete pecados, la Bata, Salta soga, San Miguel, Kiwi, Mundo, la Cometa, la Gallinita ciega, Mundo, etc. En el patio o en la calle, todo espacio se aprovechaba para jugar.

Todos estos juegos eran sanos y ejercitantes, nos llenaba de alegría, emociones y cultivábamos amistades e interactuábamos socialmente para toda la vida con los amigos de la cuadra. Muchas veces nos quedábamos hasta muy noche, haciendo bulla mientras algunos de nuestros padres ya dormían. Terminábamos solo cuando uno de ellos salía y de un grito nos llamaban, dejábamos el grupo para ir corriendo a casa. Así terminaban nuestros días de juego. Al día siguiente, empezaría un nuevo capítulo.

Seguí caminando, recordando la carrera de barquitos y que en tres o cuatro cuadras los barquitos ya empezaban a mojarse por completo y a debilitarse. De a poco, se iban desarmando sin que nosotros pudiéramos hacer algo para evitar que naufraguen y solo queden como papel mojado. En esta carrera casi no había una meta, ganaba el barquito que más resistía.

A veces jugábamos con los palitos de chupetes o de fósforos, pero los barquitos de papel eran más interesantes y emocionantes.

Yo sigo caminando y pienso que por acá uno de nosotros ya habría ganado, me detengo, doy media vuelta y regreso por los mismos caminos de esos años de infancia. A veces con la alegría de haber ganado la carrera o a veces de haber perdido, pero con ganas de volver a empezar nuevamente el juego. En esos tiempos regresábamos corriendo, ahora regreso sin prisa y sin haber ganado ninguna competencia. Solo regreso con los recuerdos de mis barquitos de papel y con una sonrisa nostálgica.

Siempre en mis recuerdos estarán esos juegos de infancia y entre esos juegos, los recuerdos de mis amigos que compartimos los primeros años de nuestras vidas. Aprendiendo a convivir juntos, creciendo con las bromas que nos hacíamos, con nuestras peleas, con nuestras disculpas. Pero siempre aprendiendo a ser amigos cada vez más.

Ahora el tiempo se encargó de separarnos. Con algunos amigos aún nos encontramos y seguimos cultivando nuestra amistad, con otros no. Pero igual, aprendimos a vivir distantes, manteniendo nuestras amistades y manteniendo nuestros recuerdos.

El temporal acabó junto con mis recuerdos y mi caminata. Yo me arreglo la ropa y trato de sacudirme para botar la lluvia que llevo encima. Algunas personas me siguen mirando. Pero igual, no me incomoda porque sé que no comprenden lo que siento y por qué estoy mojado. Termino de arreglarme y me voy en busca de algún amigo que aún pueda encontrar en Jauja. Para darle un fuerte abrazo, para compartir nuestros recuerdos y crear nuevos episodios en nuestras vidas, que algún día solo serán recuerdos.

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10 de abril de 2018

“TUNANTUSUY”, La Historia de la Tunantada

El taller experimental artístico de la ADIT presentaran el proyecto “TUNANTUSUY”, La historia de Jauja hecho baile. Una recreación de la Tunantada a través de la historia, en el baile, la música, el teatro, la poesía, en un lugar llamado Xauxa. Con la participación del Taller Experimental Artístico de la ADIT.

Se llevará a cabo el día lunes 16 de abril a partir de las 7:00 pm en el Teatro Auditorio Mario Vargas Llosa de la Biblioteca Nacional del Perú, Av. De la Poesía 160, San Borja. Ingreso libre. Capacidad limitada.


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6 de abril de 2018

Un día como hoy, Jauja es elevado de Villa al rango de Ciudad


MINISTERIO DE ESTADO

El gobernador, cura y principales habitantes de la villa de Santa-Fé de Jauja han dirigido una representación al Gobierno Supremo, exponiendo los títulos que tienen para pretender se eleve aquella villa al rango de ciudad. Este pueblo que desde el tiempo del emperador Pacha-Cutec obtuvo notables privilegios, como lo indica su antigua denominación de Hatun-Sausa, tanto por sus servicios como sus ventajosa localidad, no ha llamado ménos la atención sobre sí en los tiempos modernos, por el patriotismo que siempre ha demostrado y la firmeza con que ha sostenido sus derechos á la vista del fuego y del fierro de los enemigos. Desde el 20 de Noviembre de 1820 en que la división del general Arenales puso á Jauja en libertad de pronunciar sus sentimientos, no ha cesado de hacer sacrificios gratos á la Patria, prodigando su sangre y sus recursos para cooperar á las miras del ejercito libertador. Estos motivos han autorizado los decretos anteriores, en que se han concedido exenciones y distintivos á que solo tiene derecho el mérito. Mas conociendo el Gobierno que también son acreedores á que se defiera á la solicitud que han entablado sus vecinos, ha resuelto lo que sigue:

EL SUPREMO DELEGADO

He acordado y decreto:
Art. 1. La villa de Santa-Fé de Jauja por los señalados servicios que ha hecho á la patria desde el 20 de Noviembre de 1820, tendrá en lo sucesivo el nombre y privilegio de Ciudad.

Art. 2. Los naturales de Jauja serán considerados cuando se establezca el plan general de contribución, disminuyendo la cuota que les corresponda sin notable perjuicio del Erario Nacional. El presente decreto se someterá a la sanción del Poder Legislativo por el ministro de Estado con la exposicion de los principios de justicia en que se funda.

Dado en el palacio del Supremo Gobierno, en Lima, á 6 de Abril de 1822. - 3.
Firmado: TORRE-TAGLE
Por órden de S.E. - B. Monteagudo.

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27 de marzo de 2018

Semana Santa, semana patria en el Valle de Yanamarca - Jauja


Todos los años, mientras en el valle del Mantaro se festeja con júbilo y devoción las actividades religiosas por la pasión, muerte y resurrección de nuestro señor Jesucristo; los jueves de Semana Santa se escenifica en el Valle de Yanamarca, la alegoría de “La Maqtada” o la “Tropa de Cáceres” ante una multitud de turistas locales, nacionales e internacionales que llegan hasta el valle de Yanamarca para apreciar esta interesante danza. Este baile es una remembranza de la llamada “Campaña de la Breña”, que se desarrolló durante la guerra con Chile en la sierra peruana bajo el liderazgo del mariscal Andrés Avelino Cáceres.

En la escenificación se puede apreciar a diferentes personajes como El Mariscal Cáceres, músicos compuestos de tambor y cornetas de guerra, escolta, oficiales, majtas, pashñas y las rabonas. También, los rancheros o carambiash y los chilenos que son vencidos y capturados.

Es una danza histórica que no ha perdido la caracterización de esa época por lo que el Instituto Nacional de Cultura - Junín, mediante Resolución Directoral No. 009-2008-DRC-J declaró a “La Maqtada o Tropa de Taita Cáceres de Acolla y Pueblos del Valle de Yanamarca, Patrimonio Cultural de la Nación”.

El Mariscal Cáceres, encabeza a su “Tropa” con marcialidad y “estilo militar”, le acompañan los músicos, la escolta, los oficiales, los majtas (jóvenes cholos) y las rabonas que bailan con movimientos rítmicos y perfectamente al compás del tambor y la corneta de guerra dando dos pasos adelante, uno atrás, y otros saltos en zigzag, que para ello se requiere de mucha habilidad, destreza, y gracia sin parar.

Para las órdenes marciales, en vista que no hablaban el mismo idioma, se cocía en el hombro izquierdo de los soldados un pedazo de pellejo con lana blanca (yuraj), y otro, en el hombro derecho, con lana negra (yana), esto facilitaba la uniformidad para girar o voltear a todo la tropa. Entonces, cuando Cáceres decía “yana jaracha ticrari”, significaba que debían girar a la derecha, y cuando decía “yuraq jaracha ticrari”, significaba que tenían que girar a la izquierda, porque a ese lado estaba el pellejo blanco.

Encabeza el desfile el “Brujo de Los Andes” y su estado mayor, correctamente uniformados, montados sobre los mejores alazanes del valle de Yanamarca, seguido por el batallón desfilan las “rabonas” con sus “quipes” de alimentos, utensilios y trastos de cocina, destacando las pailas y los gigantescos cucharones de madera que blanden las sufridas mujeres compañeras de los guerrilleros.

Ocupando el centro de la formación nunca falta el “chileno” capturado por la tropa, quien es conducido con una soga o cadena que terminan enlazados en los pies y manos del enemigo derrotado.

Seguidamente van marcando el paso los batallones de Infantería Nº 3 Sector Norte y de Artillería Sector Sur, todos ataviados con vestimenta militar. Últimamente, también desfilan soldados del Ejército Peruano, además que se matizan con diversas escenificaciones del acontecer histórico nacional e internacional.

Dentro de su religiosidad y su fe, los pobladores de Acolla reviven en esta estampa folklórica su alegría triunfal en el desalojo de los chilenos del centro del Perú. Una semana Santa y Semana Patria único en el Perú.

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21 de febrero de 2018

El amor en tiempo de carnaval jaujino

Era tiempo de carnaval cuando regrese a Jauja. Tiempo en que los jaujinos demostramos nuestra alegría y garbo bailando los tradicionales cortamontes, una coreografía elegante y romántica que engalana las pandillas en nuestros barrios. Tiempo en que muchos de nosotros regresamos a la madre tierra, atraído por su magia y su tradicional alegría.

Era la traída de árbol del barrio La Libertad y con un amigo fuimos por la tarde a ver el “Hatun Jilo Shalcuy” (parada de monte) en su plazuela. Nos ubicamos lejos, para no ser víctimas de las féminas que se ensañaban con los hombres empapándolos de harina, lugar desde donde podíamos ver tranquilos el éxtasis del carnaval que se vivía. Cuando miraba a distintos lugares, pude observar a una hermosa jaujina que no la reconocía, le di un suave codazo a mi amigo para preguntarle quien era, pero tampoco la conocía, nos preguntamos quien era y con un poco de lastima solo atine a observarla hasta que se perdió en la multitud.

Más tarde, cuando la noche había caído y ya habían plantado los árboles, las parejas empezaron a bailar con dirección a la Plaza de Armas, nos adelantamos unas cuadras para ver la pandilla que encabezaban los padrinos. Entre la multitud de bailantes y espectadores que pasaban, me volví a cruzar con ella y pude robarle una mirada, fue breve porque las personas que venían detrás la empujaban y pasó raudamente por mí delante. Yo me quede mirando a las demás parejas que pasaban bailando y luego seguir a los bailantes. Llegamos a la plaza y nos ubicamos frente a la municipalidad para contemplar el jolgorio y la alegría de nuestro carnaval, había mucha gente que bailaba y “guapeaba”. Todo era alegría, era tiempo de carnaval.

Entre la multitud nos volvimos a encontrar y pude observarla con más tranquilidad porque las parejas y personas estaban más dispersas, nuestras miradas se congelaron un momento y nos quedamos parados frente a frente. Yo solo atine a dar unos pasos más para acercarme, dejando atrás a mi amigo y decirle tímidamente “hola”. Igual, me respondió tímidamente con un “hola”, pero fue suficiente para iniciar una conversación y me presente formalmente. Empezamos a caminar, me contó que regresaba a Jauja después de mucho tiempo y su soledad era porque sabía poco de sus amigas del colegio y porque vino de improviso por unos días. Dimos muchas vueltas por el perímetro de la plaza contándonos nuestros pasados y conociéndonos de a poco. Cuando la mayoría de los carnavaleros ya se habían retirado, me ofrecí acompañarle a su casa, ella acepto y caminamos por el Jirón Grau rumbo a la plaza Santa Isabel. En el camino me sentía un poco lerdo pero trataba de disimular. Me comentó que siempre esta calle fue su camino cuando iba y regresa del colegio y las veces que salía a pasear. De a poco se quedó callada y observó detenidamente los alrededores de la calle angosta, yo detuve un poco mis pasos tratando de sincronizar con su lenta mirada, me contagio su curiosidad y observamos los portones viejos, las grandes ventanas, las paredes descoloridas por las lluvias, por el sol y por el tiempo. Rompió su silencio y me dijo que este lugar no había cambiado mucho, que todo era casi igual a pesar que regresaba después de muchos años. Por su comentario sentí que le traían muchos recuerdos de la época del colegio, nuevamente se quedó callada. La miré, una sonrisa acompañaba su silencio y sus recuerdos. Dejé que se consumiera en su pasado y en sus recuerdos.

Volvimos a caminar y me indico por dónde ir, no sabía dónde vivía pero me dejaba llevar, cruzamos los arcos de la Plaza La Libertad y caminamos rumbo al cementerio. Un camino lleno de silencio y soledad, flanqueados por árboles y un poco oscuro, debido a la poca iluminación artificial. Solo nos alumbraba un poco de luz de la luna llena que el tupido de los arboles dejaba pasar. Nos adentramos en la oscuridad sin temer a nada y entregados a nuestra conversación. Se detuvo casi en el lugar donde los cobarrianos habían plantado los árboles para el cortamonte, frente a la piscina municipal, y señalándome al lado contrario, al jirón Olaya, me dijo que vivía a unas cuadras. Me hizo entender que no quería que le acompañe hasta su casa, caminamos despacio y nos detuvimos en una esquina. Yo me recosté en una pared y pude ver una hermosa casa que tenía una chimenea y un enorme árbol de pino en el jardín. Antes había pasado por ahí pero nunca le había prestado atención, ahora estaba frente a esa casa y podía ver los detalles de su hermosa arquitectura. Ella se ubicó frente a mí y gracias a los rayos del plenilunio que reinaba el cielo pude contemplar de más cerca su hermosura, su piel blanca, sus delgados labios color rosa fucsia, sus cabellos negro azabache, largos y ondulados que a veces jugaban con el viento. Creo que muchas veces se daba cuenta que la observaba y avergonzada sacaba su cautivante mirada a otro lugar.

Nos olvidamos del tiempo y pasamos muchas horas conversando y contándonos tantas historias de nosotros, tantas anécdotas como minutos que el tiempo contaba y no perdonaba. Ya era de madrugada y hacía frío, ella llevaba puesto una chompa y un chaleco. Entumida, tenía los brazos cruzados y de vez en cuando se frotaba sus antebrazos tratando de darse calor. Yo le ofrecí mi casaca y ella acepto, yo me sentía muy bien con su compañía y no quería que esto acabe, ella acepto mi casaca y asumí que tampoco quería irse. Era un momento mágico que quería detener, pero no podía. En nuestra conversación le pedí para bailar, ella me dijo que no podía porque no tenía la vestimenta, le dije que no se preocupara, que solo necesitaba sus zapatos, que yo le daría lo demás, me dijo ¿Cómo? Le explique que mi mamá tenía varias vestimentas y le pediría prestado. Ella acepto con dudas, me di cuenta de su incertidumbre y volví a preguntarle y me dijo que había otro problema, que pertenecía a una religión cristiana y que no aprobarían que baile, pero de todas maneras le preguntaría a su Pastor. Yo feliz le hice un gesto de agradecimiento y ya cerca de las tres de la madrugada me dijo que tenía que irse, antes nos pusimos de acuerdo para vernos a las once de la mañana en el mismo lugar donde estábamos. Me acerque y le di un beso en la mejilla, pude sentir su piel gélida. Me miro y sonrío. Me devolvió mi casaca y nos despedimos. Me quede parado y poco a poco se perdió en la oscuridad, yo regrese por el mismo camino, lleno de alegría. Esa madrugada me olvide de mis amigos que seguramente se encontraban en algún lugar divirtiéndose como de costumbre. Yo me fui alegre a dormir y aunque no tenía sueño, esperaba ansioso que pronto amaneciera.

La mañana era radiante, el cielo era completamente azul con pocas nubes. Los cantos de las aves alegraban el día y mi corazón latía cada vez más cuando me acercaba al lugar del encuentro. Pude verla que venía desde la otra cuadra, con la luz del día era más hermosa. A lo lejos me regaló una sonrisa y yo le recibí con un beso en su mejilla. Caminamos rumbo al cementerio comentando sobre la noche anterior y después me dijo que muy temprano había visitado a su Pastor para decirle que tenia deseos de bailar y quería su permiso, el Pastor le contesto que Dios ni la religión no le prohibía bailar, con las enseñanzas que recibió, ella debería saber qué actos debe prohibirse, y si estaba segura de no cometer ningún pecado, podía bailar. Yo la vi animada y ahora si estaba segura que bailaría conmigo. Me alegre mucho.

Ingresamos al cementerio y nos dimos tiempo para caminar por todos los rincones, estaba llena de soledad, tranquilidad y sosiego. Ingresamos a uno de los pabellones antiguos para ver las tumbas. El tiempo parecía retroceder y se sentía algo gélido. Sentí que ella se me acercó más, comprendí su miedo, porque cambió hasta su manera de hablar, con un tono más bajo y con algo de temor. Pero no había mucho que decir, éramos solos los dos rodeados de soledad y de tumbas. En un momento dejamos de caminar para leer los nombres y las fechas de las placas de los nichos, mirábamos por todas partes y por ahí nuestras miradas se encontraron, nos quedamos prendidos de nuestras miradas sin decirnos nada. Sentí algo mágico al contemplar fijamente sus ojos, como si podía sentir su ser interior. Vi como sus pupilas cada vez brillaban más y me sentí atraído. Me acerque de a poco hasta besarla. Ella, al sentir mis labios, cerró sus ojos y se dejó llevar, yo también cerré mis ojos y nos entregamos al fuego de pasión que empezábamos a encender.

Fue un beso largo y tierno, después no fue necesario palabra alguno, nos volvimos a mirar en silencio, sus pupilas brillaban aún más, nos regalamos una tierna sonrisa y sellamos nuestro sentimiento con un fuerte abrazo. No la solté y ella recostó su cabeza meciéndose en mi hombro, mi corazón latía más casi al ritmo de una tonada de carnaval de una banda que se escuchaba a lo lejos. No recuerdo cuanto tiempo estuvimos así y dentro de ese pabellón, pero salimos tomados de la mano y con una felicidad plena. Era hora del almuerzo y deberíamos regresar, ahora si la acompañé hasta su casa y quedamos para vernos al día siguiente.

En la tarde, busque la oportunidad para conversar con mi mamá y pedir prestado su vestimenta, al comienzo se negó aduciendo que se ensuciaría de barro porque llovía mucho. Prometí cuidarlo y a las finales accedió, me dio a escoger y elegí lo mejor que tenía. En la noche me encontré con mis amigos, lleno de felicidad les conté que ya tenía pareja para bailar, pero no les dije quién era.

Al día siguiente, por la mañana fui a su casa, por primera vez toque la puerta y pregunte por ella. Salió un poco sorprendida, le dije que le traía el atuendo y se alegró, me sonrió y me dijo que regresara por la tarde, que tenía que arreglarse. Me despidió rápido, pero yo feliz. En la tarde, ya cambiado con mi terno fui a recogerla, cuando salió, se presentó reluciente con el atuendo típico de una jaujina, haciendo gala que la mujer jaujina es muy hermosa, me quede pasmado por un instante, reaccioné con una sonrisa y con palabras de halagos y nos fuimos al barrio La Libertad. Esa tarde nos conocimos más, empezamos a coordinar nuestros movimientos, al comienzo algo burdo pero poco a poco fuimos refinando hasta llegar a dibujar alegres y carnavalescas coreografías al estilo jaujino y al ritmo de la banda de músicos. Las horas pasaban y cada vez eran más intensas el derroche de gala de las parejas, al igual que nuestro sentimiento, que cada vez se estrechaban más, incluso cuando la banda de músicos dejaba de tocar, nosotros nos perdíamos entre la multitud de los bailantes sin soltarnos de la mano. Cuando la noche ya cubría la fiesta, nuestro amor relucía destellante, gracias a su hermosa mirada, a su cautivante sonrisa y a sus besos apasionados que le robaba de vez en cuando.

Y así, fueron varias veces que bailamos en diferentes barrios, puedo decir que ese año fue la mayor cantidad de cortamontes que baile, siempre con ella. Incluso me pase del tiempo de mi estadía y vacaciones, pero no importaba, el amor que había encontrado me hacía olvidar todo, era feliz y era lo único que me interesaba. Nos volvimos inseparables, todos los días nos veíamos, y cuando no había cortamonte, solíamos pasear por el parque o por el campo, incluso desafiando a la lluvia. Y en las noches, si no caminábamos por la plaza o por los jirones Grau y Junín, nos internábamos en un terreno lleno de árboles que había frente a su casa. Con la luna de testigo que nos daba un poco de luz y confundidos entre la oscuridad y la vegetación, nos entregábamos a nuestras caricias, todo al natural y a veces algo prohibidas. Cuando llovía no huíamos de nuestro idilio, al contrario, muchas veces hasta sentí como las gotas recorrían su cuerpo y como desaparecía con el calor que nuestras caricias emanaba. Pero como todo acaba, también la noche y con ella, se iba el fuego de nuestra pasión, y regresábamos a casa.

Pasaron semanas y ya habían terminado los carnavales, y un día le pregunte algo preocupado, ¿Cuándo viajas a Lima? Ella me respondió: viajo cuando tú regresas a Lima. Me sorprendió su respuesta, la mire a sus ojos y pude ver amor, me emocione, la bese y la abrasé con todo mi fuerza. Entonces no tenía caso quedarnos más en Jauja y decidimos regresar a Lima.

Cambiamos las mañanas tranquilas, nuestros hermosos paseos en las tardes por el campo, nuestras noches románticas y apasionadas, nuestras largas conversaciones y las veces que buscábamos alguna estrella fugaz del hermoso e inmenso cielo estrellado de Jauja, por los días agitados de Lima. Nuestros encuentros ya no eran diarios sino a la semana, ya no había noches que podíamos estar juntos, solo en las tardes y un momento de conversación. Yo vivía por el centro de Lima y ella vivía en el distrito de San Juan de Miraflores. Solíamos encontrarnos solo los sábados al mediodía, paseábamos por la Lima Colonial o buscábamos un parque donde conversar y máximo a las nueve de la noche nos despedíamos. Y así nos citábamos cada semana, en el mismo lugar, a la misma hora. Era un pacto sentimental.

En una de nuestras citas, al momento de despedirnos, acordamos encontrarnos en el día de su cumpleaños, quería pasar conmigo y yo encantando acepte. Pero un día antes de nuestra cita, me encontré con unos amigos del colegio y con mucha emoción decidimos reunirnos en casa de uno de ellos, ya que sus padres habían viajado a Jauja y estaba solo. La reunión fue amena y nos quedamos a dormir en su casa. Cuando desperté mire el reloj y de un salto me levante muy preocupado porque era las 11 y 30 de la mañana y debería estar al medio día en el centro de Lima, estaba lejos y no llegaría a tiempo. En esa época ella no tenía celular para llamarla y decirle que me espere, solo me lave la cara rápidamente y salí presuroso a tomar cualquier movilidad. Llegué a las 12 y 15 de la tarde, fui corriendo al lugar donde siempre la esperaba, pero no la vi, camine rápidamente una cuadra más pero no la encontré, regrese para ir hasta la otra cuadra y nada, no estaba. Me desespere, no sabía qué hacer, regrese al lugar de nuestro encuentro y me quede esperando con la esperanza que llegaría. Mi espera fue en vano, caminé hacia la Av. Wilson por si acaso, mirando a todos lados tratando de encontrarla, regrese al mismo lugar y me quede esperándola. Ya el tiempo no me importaba, además no quería moverme de ahí, era el único lugar donde podía ubicarla. Pero después de varias horas, mire mi reloj y era las 5 de la tarde, me di por vencido y decidí retirarme, pero pensando en ella y maldiciendo haber llegado tarde.

En los días siguientes pensé mucho en ella y buscaba la manera de encontrarla porque no sabía dónde vivía, solo quedaba esperar que se cumpla la semana y volver a la hora que siempre nos encontrábamos. Fui como de costumbre, pero no la encontré, espere hasta las 3 de la tarde y nunca llegó. La siguiente semana hice lo mismo, pero solo la espere una hora, tampoco llego. Me retiré triste y abatido, solo sabía que vivía en San Juan de Miraflores, pero como buscarla, es un distrito muy grande y no conocía. A Jauja no iría al menos en cinco meses que acababa el ciclo de la universidad y era mucho tiempo para mi sentimiento. La siguiente semana ya no fui.

El tiempo paso y no pude regresar a Jauja por mucho tiempo, poco a poco la herida de mi corazón se fue cerrando al punto de hacer otra vida. De volver a enamorarme de otra mujer, supongo y estoy seguro que ella también hizo lo mismo. Los años pasaron, pero siempre hay momentos, como ahora que es tiempo de carnaval, que me recuerdo de ella. Entiendo que el amor entre nosotros acabó, aunque nunca nos dijimos personalmente que nuestra relación sentimental se daba por terminado. Sé que algún día, no sé cuándo ni dónde, sé que me encontraré. Ahí capaz tendré la oportunidad de explicarle lo que sucedió y también de terminar ese amor, que el tiempo ya se encargó de curar y también para cerrar un capítulo de mi vida.

Lo que en su momento fue algo hermoso e intenso, ahora solo es un hermoso recuerdo de un amor en carnaval y solo deseo que cuando la vuelva a encontrar, que sea en carnavales y en Jauja.

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13 de febrero de 2018

El Manshu, costumbre del carnaval jaujino

Parte de nuestro tradicional carnaval jaujino, como es la traída de monte, junto con el sombrero de paja, la ushcata, la huajla, la tinya, la chicha de jora, el tradicional puñal (un trago de caña pura); también es tradicional, el “Manshu”.

El Manshu es una mezcla de varios licores completados con la chicha de jora que el padrino prepara con antelación al día de la traída de monte. Algunas veces se le agrega pepas de rocoto y hasta orines para hacerle temida por los invitados y hacerle beber a la persona castigada. El Manshu es un castigo y a veces, es también un juego que se aplica a quienes infringen alguna ejecución de la costumbre, como carecer de alguna indumentaria, uso de la manta sin las características jaujina, mala posición de la manta, no llevar manta o sombrero, llegar tarde, no ayudar, ser groseros, etc.

Los allegados o familiares del padrino son los que tienen la botella con el Manshu y van observando a los invitados o “cuellos”. Si alguien no cumple con la tradición, al grito de ¡Manshu!, se abalanzan sobre el castigado, a quien se le sujeta los pies y los brazos estirados en "X". Cuando el castigado pone resistencia y no abre la boca, le aplican el pulso (le aprietan su miembro viril) y le introducen un chupón en la boca y ahí le obligan a beber la botella llena de la mezcla de licor.

La costumbre antigua dice que, el primero en ser castigado es el padrino "disque" por haber tumbado el monte, luego dicen que es el turno de los huajleros por no tocar bien y así, sucesivamente, van cayendo uno a uno, quienes rompen la tradición y el buen comportamiento. Cualquier motivo, es motivo para el Manshu.

Ya saben, a tener cuidado y a comportarse bien.

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8 de febrero de 2018

Comadres y Compadres, la fiesta de la Mayordomía en Paca – Jauja

El jueves, “Día de las Comadres”, arriban a la plaza principal visitantes para celebrar tan conmemorativo día. La concentración para el juego de carnavales se desarrolla en la alameda del distrito. Muchos turistas se congregan para disfrutar de un día esplendoroso; de donde se dirigen para jugar con las aguas del río “Mayupata” mientras tanto los señores Mayordomos que son en número de nueve hacen los preparativos para salir a la plaza donde se les hace entrega de las ceras en el acto llamado ”cera marquitay”, que consiste en el reparto o entrega de algunas arrobas de cera a cada Mayordomo que es el producto acumulado durante el año que los fieles han encendido en los veladores del Señor de Ánimas de Paca.

Cuando llegan a la plaza anuncian con quema de cohetes y juegos artificiales; de inmediato se reúnen en el local comunal del pueblo para acordar los últimos detalles de la fiesta. Al término de esta reunión cada uno esperan, ansiosos, sus respectivas bandas de músicos en la puerta de la iglesia a cuya llegada se escucha el tañido de las campanas, el estallido de bombardas y cohetes quiebran el silencio del pueblo; el viento se esparce a los rincones el tono clásico e inconfundible marcha diestramente interpretada por la banda de músicos.

A la llegada de todos los conjuntos empieza la verdadera fiesta con la música de fondo, “La Pachahuara” (pacha=tierra, huara=amanecer), danza típica con estilo propio y ritmo melancólico, es sinónimo de agradecimiento a la madre tierra por las cosechas anuales que provee a todos los comuneros, por ello se rinde homenaje a la tierra que fue bendecida por el Santo patrón Señor Animas de Paca. Durante toda esa noche bailan al son de esta música; los varones visten ponchos color blanco con algunas franjas, sombrero y un puro en la mano; las damas lucen amplias faldas o “cachemiras” de color negro, monillo blanco, mantilla de variados colores, sombrero blanco y un puro. Así durante toda la noche, acompañados con él “quemado” o licor casero, elaborado con hierbas silvestres para soportar el intenso frío, danzan reiteradas veces al contorno de la plaza deteniéndose solamente de rato en rato para saborear “el quemado”. El festivo ambiente se torna cada vez más grande con mayor número de parejas que se aúnan tomándose la fiesta más dinámica hasta llegar a un clímax efervescente, esta fiesta maravillosa en la que parientes, amigos y vecinos en general, entre salud y salud, sienten acrecentar la amistad y acentuarse más el calor y la emoción del reencuentro, hasta sentirse rendidos.

Se cuenta que durante toda la noche el Señor de Paca baja de su altar para danzar la Pachahuara. Este hecho es de conocimiento del despensero que, para el efecto, viste con las mejores prendas al santo: un poncho tejido con finas lanas, lleva también un puro y un bando que cada año obsequian sus devotos.

Al día siguiente muy temprano, hacen todos los aprestos para continuar con el rito donde servirán al público asistente los platos típicos como “puchero” “locro” y el delicioso pan “Jalay”; vestidos con el atuendo típico; al compás de la Pachahuara hacen su ingreso los Mayordomos llevando los potajes ya mencionados, todo adornado con serpentinas y globos. Los acompañantes así familiares, amigos e invitados portan la bandera peruana en sus sombreros; acompasados con huapeos colocan los peroles en la puerta de la iglesia donde el público espera impaciente haciendo largas colas para recibir el locro o puchero así como el pan jalay no sin antes los señores Mayordomos hacen bendecir la comida por el sacristán del lugar. Ya por la tarde, los comuneros realizan un juego ancestral llamado “El Chuicash o Chuecash”.

El día sábado de carnaval por la tarde en el atrio de la iglesia Matriz de Paca se realiza la sucesión del cargo de la Mayordomía. El Mayordomo saliente se despoja de su banda y le coloca al Mayordomo entrante, es así como se realiza el cambio de cargo con mucha devoción al Señor de Paca y demostración de alegría mediante un “baño de cerveza”. Luego acompañado de su esposa o persona con quien hará pareja el año próximo, encabeza un desfile alrededor de la Plaza para ser reconocido por los asistentes como el nuevo Mayordomo, persona que tendrá a su cargo realizar la festividad de la Mayordomía.
Fuente: Municipalidad de Paca

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6 de febrero de 2018

Fiesta del agua en honor al Señor Animas de Mayupata – Jauja 2018

¿Cruzar un río una y otra vez, a las cuatro de la madrugada, en época de invierno y que se encuentra en la sierra central, a unos 3,370 msnm? Muchos dirán que es una locura. Igual yo pensaba. Pero no es así, si vives esta experiencia ancestral, mágica y religiosa que solo se realiza en Jauja, una vez al año.


Te dejarás envolver por la magia de un nuevo amanecer, escuchando las melodías de las bandas de músicos, la alegría de los pobladores y el sonido de las corrientes del río. Bailando, cruzando una y otra vez, jugando con el agua, harán que no sientas frío, solo éxtasis. Es una experiencia que no se puede explicar al detalle las emociones que se siente. Solo lo comprenderás, cuando lo vives en carne propia.

Y así, el próximo viernes por la noche, en la capilla del Señor de Animas de Mayupata que data de 1786 y construido con adobe de tierra rojiza, techo de teja roja a dos aguas, de estilo colonial, con una sola torre donde se encuentra un campanario y a ambos lados de la puerta se muestran dos cruces de madera, se reunirán los pobladores del anexo de Huasquicha, distrito de Pancan, turistas locales y feligreses para participar de las festividades en honor al Señor de Ánimas de Mayupata, patrón de Huasquicha. Los pobladores se congregan y bailan a ritmo de la Pachahuara, bebiendo los “calientitos” para contrarrestar el frío. Del mismo modo, en el distrito de Huertas se reunirán en el barrio de Santa Ana. Ambos pueblos, para participar en el tradicional “encuentro” que se realizará en el rio, en la madrugada.
El sábado en la madrugada, se inicia el tradicional encuentro (tinkunakuy) en las orillas del Yacumayu (río Yacus). Los comuneros, pobladores e invitados de Huasquicha (Pancan), y Santa Ana (Huertas) se dirigen bailando a las orillas del río Yacus con sus respectivas bandas de músicos, y se encuentran frente a frente, divididos por el río. Al promediar a las cuatro de la madrugada, bailan y compiten en armonía cruzando el río con todo y ropa, una y otra vez hasta el amanecer, desafiando las corrientes y baja temperatura de las aguas del río. La fe de la gente ante el Señor de Ánimas de Mayupata y Señor de Ánimas de Agonía es grandiosa, pues dice la tradición y la costumbre que bañarse en el río Yacus, al son de una banda de músicos y de madrugada, es muy milagrosa y cura los males de todos aquellos que se atreven a cruzarlo. De allí que el acto es masivo y con honda fe religiosa.

De este modo, con mucha algarabía, se da inicio a la fiesta del carnaval, la fiesta del agua, y al compás de la “Pachahuara” (el amanecer de la tierra), que es una danza que se remonta a la época de la esclavitud y que consta de dos partes; la primera es la “Pasión”, de tonada sentimental y compás muy lento que bien puede interpretarse como sufrimiento del negro y la segunda, el “Pasacalle” de tono más alegre y más rápido que se puede entender como la liberación de la esclavitud. Las dos bandas de músicos de cada pueblo tocan sin parar frente a frente en la ribera del rio hasta el amanecer. La banda de músicos que deja de tocar por cansancio, pierde y la otra banda de músicos le toca la marcha fúnebre sellando su triunfo y dando por finalizado el encuentro en el río Yacus.


La fiesta del agua, cumple una función social de armonía, es el tradicional encuentro entre dos pueblos coyunturalmente antagónicos, así como el encuentro de los caporales de ambos bandos intercambian ramos de flores en medio del río en señal de paz, incluyendo el arrojo de flores a las aguas del rio Yacus. Es un rito ancestral, mágico y religioso que rinde culto al agua y la fe al Señor de Animas de Mayupata y que se realiza a los pies de la cola del Amaru, en el lugar llamado Paucar – Pariaj (Huasquicha y Huertas).
Foto: Alexis Huaccho y Handrez Garcia

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2 de febrero de 2018

HISTORIA DEL CARNAVAL EN JAUJA

Los antecedentes más importantes del Carnaval Jaujino se remontan a los inicios del siglo XX.

Dentro las fuentes escritas que encontramos están el diario El Porvenir, que se publicó de 1908 hasta la década de los sesenta del siglo XX. Como se sabe, la colección más completa que había de El Porvenir se encontraba en la Iglesia, aunque en un gesto de severo desprecio por la historia y cultura de Jauja, ésta fue arrojada al río Yacus y quemada en su integridad en la década de los noventa del siglo pasado. La importancia de este periódico en la historia de Jauja es evidente, prácticamente es la memoria contemporánea de la ciudad y la provincia, ya que dio cuenta de muchos sucesos y acontecimientos de importancia, en este caso, noticias sobre eventos sociales y de cultura popular. Felizmente, una colección importante, aunque incompleta, se encuentra en la Colección Peruana de la Sala de Investigaciones de la Biblioteca Nacional del Perú; y otra, en la colección particular que posee el profesor Henoch Loayza, quien rescato una gran colección que quemó la lglesia.

La parte medular de este trabajo se sustenta, precisamente, en la información que se ha podido recoger de este periódico. Como ya se ha mencionado, nuestro interés principal es indicar en los antecedentes del Carnaval, con el fin de establecer su proceso de cambio, estableciendo los elementos que propiamente dieron origen a la fiesta.

La lectura de El Porvenir de la segunda década del siglo XX, muestra que el Carnaval en Jauja se desarrollaba de una manera distinta a la que ahora conocemos. No la definía la denominada Calistrada que, a pesar que ya se organizaba en estos momentos, su representación era irregular. Hacia 1917, se da cuenta de la existencia del IX Calixto, por lo que suponemos que la Calistrada en Jauja, como tal, se inició en 1908. En consecuencia, hacía la segunda década del siglo XX no había tomado fuerza este componente del Carnaval, como si lo haría hacia mediados del mencionado siglo.

Tampoco hay evidencia del Cortamonte, hoy por hoy el componente por excelencia del Carnaval. Lo que en estos momentos definía una celebración del carnaval en Jauja era otra cosa. En una noticia aparecida el 4 de febrero de 1918, en este periódico, se da cuenta de lo siguiente:

"Según nuestros informantes hay gran entusiasmo en nuestros mejores círculos sociales por asistir a los bailes de fantasía, que se organiza con toda actividad, para las noches de carnestolendas.

Según referencias que tenemos dichos bailes se verifican en las noches del domingo y martes en las casas de dos conocidas familias de esta ciudad; y en la del lunes, en el chalet Margot. Oportunamente iremos informando a nuestros lectores, de los detalles que conozcamos de estas fiestas que vienen a sacudir nuestra sociedad de la vida monótona y triste que desde hace algún tiempo se lleva desgraciadamente en Jauja".

En otra nota aparecida el 9 de febrero del mismo año se informa:
"Es grande el entusiasmo que se nota en nuestros mejores círculos sociales por asistir a los bailes que tendrán lugar durante las noches de Carnaval y que han sido organizadas por un grupo de distinguidos caballeros.

Según nuestros informantes, el primero de dichos bailes se efectuará en la noche en la casa de la familia del señor Luis Bardales; el segundo organizado por el mismo grupo, tendrá lugar en la noche del martes en la casa de la familia del señor Lorenzo Wissar.

Igualmente sabemos que un grupo de señores y señoritas, al que se ha asociado, otro de caballeros proyecta una velada para el día siguiente, la que se verificará en casa de una de las familias de Jauja".

Esto quiere decir que, propiamente, lo que caracterizaba a los carnavales en Jauja hacia la segunda década del siglo XX, eran unos bailes en Salones. El baile que se anunciaba en las páginas del El Porvenir, inició a las 9:30 de la noche y se desarrolló de la siguiente manera:
"Después del saludo de estilo, se puso la primera cuadrilla, que fue bailada por veinte parejas, jugándose con serpentinas, chisguetes y olores, en medio de gran alegría, entusiasmo, animación, que no decayeron un solo instante entre el derroche de gentileza y atenciones de la familia Bardales Ordoñez.
El baile se efectuó en dos salones y el entusiasmo de las personas que gozaron de él, podemos decir sin temor a pecar de exagerados, que era indescriptible (...) Terminada la primera cuadrilla, se libaron dos copas de champaña y en el transcurso de la hermosa soireé, las cenas generosas, dulces y confituras, restauraban las fuerzas de la distinguida concurrencia. "

No hay evidencia desde cuando se hubiera establecido en Jauja una costumbre de esta naturaleza. En 1916 y 1917 no hemos encontrado evidencia, en las páginas de este periódico, de este tipo de actividades en la ciudad, aunque con el detalle de que:
"Sin el entusiasmo y la alegría de años anteriores han transcurrido los días de carnestolendas, pues han sido muy contadas las casas donde se ha jugado, quedando el juego circunscrito a los granujas y gente de pueblo. En cuanto a matinées y soirées, éstas han brillado por su ausencia, consecuencia sin duda alguna de la aguda crisis por la que atraviesa no solo Jauja sino el mundo entero".

Esto sugiere que, en este momento, una celebración con estas características ya se encontraba bastante difundida. El principal elemento del mismo era, como se aprecia, la soirée. Casi todas las reuniones que se organizaban en la ciudad, sea con el motivo que fuera, tenían como elemento definidor su presencia. Soirée es una voz francesa que, concretamente, se refiere a una reunión y fiesta nocturna de personas de distinción para divertirse con baile o música. Al parecer, en Jauja, específicamente, se caracterizaba por el baile.

El asunto merece resaltarse. Es muy factible de suponer que el baile que se desarrollaba en las fiestas nocturnas, sea el antecedente directo más importante del baile del carnaval, sobre todo cuando su representación se traslade al que se efectuará posteriormente en el denominado Cortamonte. Lamentablemente, no se ha encontrado referencia de qué era lo que se bailaba en estas reuniones.

Fuente: El carnaval jaujino como medio de afirmación de la identidad cultural – Edgar Guillén

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20 de enero de 2018

Requiem a una Wanka

Por: Macko Leiva
Porque partiste primero,
Porque recuerdos te tengo,
Porque siempre te recordamos,
En cada paso de los tunantes,
En cada traída y cortamontes...

Era de una contextura gruesa y de un color cobrizo, como de aquellas personas que pintan su piel por el duro friaje de la puna. Tenía una mirada tranquila y una sonrisa cándida que desdibujaba su aspecto rudo y su caminar pausado y pesado. Amante de nuestro folclore, juntos trajinamos muchos pueblos descubriendo nuevas costumbres, pero también, cuantos pueblos nos conquistaron con sus costumbres. Era una enciclopedia abierta de las fechas de celebraciones en el valle de Jauja, si uno quería saber dónde había fiesta, acudíamos a él y nos despejaba de la duda. Cultor especial de las festividades del 20 de enero, esperaba con ansias cada año para bailar y disfrutar de la tunantada como si fuera la última vez. Como si sabría que en unos años más, bailaría en los corazones y recuerdos de cada uno de nosotros, con sus amigos que compartió su alegría, con muchos amigos.

Con tanta corpulencia era difícil aceptar que le gustaba bailar de Wanka. La tunantada es de hombres, decía. Personaje que asumía cuando se ponía la careta de malla fina y su nombre de mofa cambiaba a “Carmín”, pero para la mayoría de nosotros, quienes le conocimos, era como un “Tesoro”, porque acostumbraba a vestir lujosamente. Siempre llevaba una pechera de vicuña con monedas de plata pura, prendedores y alhajas de oro. Por su vestimenta fina y costosa teníamos que “cuidarla” que no le roben mientras bailaba, a veces uno de mis amigos bailaba de Chuto, pero siempre al lado de la wanka y los demás como espectadores mezclados entre el público como guardaespaldas. Así parecíamos “jatipacos” siguiendo por el alrededor de la plaza a la institución tunantera donde bailaba, cuidando su espalda y en cada “caipincruz” (descanso) éramos agasajados con cervezas para aplacar esa ávida sed propia de nuestra juventud.

Si nos perdíamos por algún motivo, nuestro punto de encuentro era el toldo de la “Gata”, quien gozaba de nuestra confianza y nos daba crédito ilimitado en cervezas, pero solo para los amigos íntimos y gracias al aval de la wanka, porque en esa fecha aparecían muchos “hueleguisos” (quienes no son invitados) ansiosos de beber gratis y en grandes cantidades. Siempre pedíamos una caja de cerveza y “Carmín” sentado junto a la “Pajita” (otra cutuncha) ocultaban todas las cervezas dentro de sus fustanes y teníamos solo una botella circulando entre nosotros a fin de espantar a los “fiestas pacuj” (los que buscan fiestas). Nos entregábamos a las tonadas de las melodías tunanteras, a la picardía de los chutos, a la elegancia y encanto de las jaujinas, al sonido de las espuelas de los recios arrieros, a la nobleza y clase dominante de las cutunchas, al señorío que expresa los chapetones, al baile refinado y elegante de los huatrilas, a la parodia de María Pichana y su viejo Pedro Chochoca, y de los demás personajes que danzaban delante de nuestro toldo y que nos hacían sentir la magia cultural de nuestra tunantada en su máxima expresión. Con alegría, con sentimiento, con lágrimas y con amigos de aquellos tiempos, amigos que compartimos grandes tertulias y aventuras tunanteras, conversaciones y anécdotas que solo terminaban cuando la noche avanzaba y teníamos que dejar la plaza de Yauyos en busca de reposo para retomar fuerzas para el día siguiente.

Un día, ya de noche, a punto de retirarnos, la wanka, el chuto y yo decidimos comer un Picante de cuy. La wanka nos llevó en su casera quien nos recibió amablemente, era en uno de esos toldos que se instalan en las calles que dan acceso a la plaza. Nos sentamos en una banca, con la wanka al medio de nosotros y dando las espaldas a la calle por donde transitaban muchas personas. Cada quien con su plato, empezamos a disgustar sin mediar palabras y concentrados en nuestro paladar, casi a mitad del potaje, el chuto agarra la pata del cuy y da un mordisco a su presa, pero al no lograr arrancar un pedazo, empieza a jalar la pata sin soltar su presa, pero la piel del cuy era tan flexible que no cedía y se estiraba más hasta que se rompió; el chuto se quedó con la pata en su mano y gran parte de la piel regreso a la presa que aún tenía mordida, estrellándose en su cara. Tanto fue el impacto que el chuto se fue de espalda y con ello también nos llevó a nosotros hacia atrás. El peso de la wanka y el mío, trató de equilibrar la fuerza contraria que hacia el chuto, pero sentados teníamos una posición inestable y el impulso del chuto fue superior a nuestra fuerza. Despacio, como en cámara lenta nos fuimos hacia atrás sin poder hacer nada, solo atinamos a sostener nuestros platos y poco a poco caímos de espaldas al suelo con los pies arribas y con los restos de cuy encima nuestro.

Las personas que estaban comiendo en los toldos vecinos y las que pasaban por esa calle se ganaron con el espectáculo, dieron rienda suelta a su alegría con risas, carcajadas y burlas, especialmente por la wanka que yacía en el suelo de espalda con las piernas arriba. Yo que no llevaba vestimenta alguna, me sobrepuse rápidamente, ayude al chuto a ponerse de pie y luego los dos y con mucho esfuerzo levantamos a la wanka. Tratamos de limpiarnos, pero nuestras espaldas y parte de nuestros cuerpos estaban empapados y llenas de barro por la lluvia que dejaban las calles mojadas y con barro.

Ante tanta burla y risas de las personas, solo optamos por acomodar nuestras ropas y limpiarnos lo que se podía. Nos abrazamos, siempre con la wanka al medio, decidimos marcharnos del lugar, dejando atrás la alegría en las personas y nosotros llevándonos nuestra vergüenza disimulada diciéndonos en voz baja: “ama cusuychu, ama cusuychu” (no hagas caso, no hagas caso), y poco a poco desaparecimos en medio de la penumbra de la noche.

Tres amigos: una wanka, un chuto y un espectador, personajes propios de la tunantada. Aunque ahora la wanka baila en una plaza infinito del cielo, porque una “traída de monte” le arrebató la vida mientras Jauja festejaba con alegría los carnavales. En ese momento, su partida ensombreció nuestras vidas por un tiempo, porque ya no había el amigo conocedor de las tradiciones y que siempre nos incitaba a ir a las fiestas de los pueblos. Pero después comprendimos que la muerte solo es ausencia física más no espiritual. Por eso, ahora, aunque no está presente, siempre me gusta ir o bailar en los pueblos y este, y cada 20 enero, cuando mi corazón palpita al ritmo de los acordes de los huaynos y al bailar de los tunanteros, en ese momento le recuerdo con sentimiento y con lágrimas en mis ojos a esa wanka, a ese gran amigo que siempre estará conmigo en la plaza de Yauyos, como todos los demás tunanteros que tomaron la delantera y que ahora danzan con nosotros en una cuadrilla especial, la gran Institución Celestial de la Tunantada…

¡Pucacha, upiacushun, llushpipa llushpipa, eterno amigo! (Pucacha, tomemos, cepillado cepillado, eterno amigo).

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